EL PSOE CONTRA LA TENTACIÓN DEL JUICIO AL PASADO

Cuando le cortaron los tres dedos con los que había impartido la bendición papal, del antiguo Pontífice Formoso no quedaban mas que los restos semiputrefactos que su sucesor, el desaprensivo Esteban VI, había ordenado desenterrar de su tumba todavía fresca.

Tuvo lugar la escena macabra en el Concilio de San Juan de Letrán, del año de nuestro señor de 897, que ha pasado a la historia como el Sínodo del Terror, en el que el nuevo pontífice quiso extender su jurisdicción más allá de las leyes de la naturaleza y castigar el legado de su antecesor fallecido. Una afrenta de ultratumba, un cuestionamiento último de las leyes de los hombres, para extender la ira de los vivos sobre el recuerdo de los muertos.

Hay un cuadro de Laurens -un pintor academicista, ya olvidado, a contracorriente en medio de la vorágine impresionista- que rescata la historia del Papa difunto, al que se retrata piadosamente, con sus carnes y su noble porte, cuando la realidad nos lleva a pensar que la escena real sería mucho menos edificante y bastante más dantesca.

Cuando en política se busca la enmienda a los errores propios buscando culpables en el pasado más reciente, me asalta el recuerdo del pobre Papa Formoso. El cuál, para mayor escarnio, no cometió en ejercicio de su pontificado crímenes que justificaran la profanación de sus restos, ni que, al término de la farsa conciliar, fueran depositados en una escombrera romana, desenterrados después y, tras una efímera rehabilitación, arrojados finalmente al Tíber junto a los desperdicios de Palacio.

A los muertos, en política como en todas las facetas de la vida, hay que dejarlos descansar en paz.

Si acaso, hay una bala de plata que el responsable de un cargo puede utilizar una sola vez, como aquélla historia sobre el legado de Kruschev a su sucesor.

Ya saben, la historia de las dos cartas que el nuevo jerarca debía abrir si se encontraba en apuros y que el cesante dejó en la mesa de su sucesor por todo legado. En la primera, que este último no tardó en tener que abrir ante el primer obstáculo serio en su carrera, había una frase breve y lapidaria escrita de puño y letra por su antecesor. “Écheme la culpa de todo”,  rezaba la nota. Y efectivamente, el jerarca entrante vio como la crítica se desvanecía. No hubo pasado mucho tiempo antes de que éste tuviera que hacer frente a otra crisis. Y visto el éxito precedente, el hombre se decidió a abrir el segundo sobre. Escrita, en sombríos caracteres, una nueva frase lapidaria: “Siéntese, y escriba dos cartas para su sucesor“. Lo cuenta mejor esta escena de la genial Traffic de Soderbergh.

Hecho uso del comodín de la atribución de toda responsabilidad al cargo precedente, con la leyenda de la carta del premier soviético o con el público escarnio del difunto predecesor, como el pobre Papa Formoso, al líder no le queda más parapeto para detener las balas, que llegarán sin duda, que su propia habilidad para esquivar las ráfagas y devolver el fuego con brío.

Ahora que el socialismo español anda a la búsqueda de un relato purificador y con el suficiente empaque como para situarse en el terreno de la izquierda sin que la derecha lo arrincone al papel de mera copia oportunista del podemismo que sacó a las calles a los jóvenes para censurar los excesos del viejo régimen, conviene recordar que ni la idealización de un pasado glorioso -pecado capital susanista- ni la culpabilización a conciencia de los excesos del felipismo van a señalar el camino virtuoso que necesita el PSOE para construir un discurso atrayente.

Ceder a la tentación de enmendar a la totalidad el legado socialista, por muy desprestigiados que estén los líderes que han sido responsables últimos de la deriva ideológica, recuerda demasiado al estéril ejercicio de justicia macabra cometido con el pontífice. Y aunque no haya necesidad de escenificar de un tajo la amputación de las falanges de los líderes que bendecían a una mano mientras se entregaban al errático elixir de la tercera vía con la otra, conviene buscar cuanto antes un relato de futuro que escape de la retórica de los ajuste de cuentas.  

Incluso aunque éstos sean de ultratumba. O precisamente por ello. Por su futilidad manifiesta.

Ese camino, el del discurso autónomo frente al Podemos de Iglesias de reminiscencias corbinistas inglesas, y de la aseada revolución centrista a lo Macron que, de momento con muy poco éxito pretende emular Rivera, es el que tiene que buscar el PSOE de Pedro Sánchez.

Y existe. Más allá de los cantos de sirena de la vuelta a las esencias o de los ajustes de cuentas de un pasado que se nos hace polvo en medio de este tiempo acelerado de la Historia que devora líderes con una voracidad inusitada, hay una vía de ortodoxia socialdemócrata que bebe del redescubrimiento de las formas, de los mecanismos de participación democrática en la toma de decisiones. De la devolución de su pleno sentido a órganos de deliberación que habían devenido en meros teatros de palmeros para glorificar consignas.

El PSOE tiene que aprovechar la vitalidad de las primarias, pero no para mirar al pasado, hacer juicios sumarísimos de puertas hacia adentro o purgas de dolorosa digestión. Sino para redescubrir el talento que dormía el sueño de los justos en sus filas y que de repente se nos revela en una intervención bien hilada de un tal Abalos, en un tertuliano llamado Perelló, o en sentido común de una tal Nuria Parlón, de los que no se sabe bien por qué, no tuvimos noticia hasta fechas recientes.

Para devolver el sentido a estructuras vaciadas de contenido en años de empacho de política de “storytelling” y caudillismos territoriales de muy dudosa tradición socialista.

El descubrimiento de ese socialismo que siempre estuvo entre nosotros, que se alimenta de lo local y conecta con los problemas reales de la gente sin necesidad de una retórica de asalto a los cielos, es el único camino posible a explorar en estos tiempos de incertidumbre.

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