PUIGDEMONT Y WATERLOO

“De todos los bares de todas las ciudades del mundo entero, tenía que entrar en el mío.”

Algo así, pero en vez de Rick´s y Casablanca, pongamos que hablo de Puigdemont y Waterloo. Si la historia se repite, como decía Marx, primero como tragedia y luego como farsa, no cabe duda de que estamos ante la farsa. Ante el epílogo cómico de un vodevil que ha hecho de Puigdemont algo así como la itinerante máscara fúnebre de un procés que muere más cerca del ridículo que del espanto.

Waterloo viene a ser a las guerras napoleónicas lo que Tannenberg en la Primera Guerra Mundial o el Ebro en la guerra civil. Lugares que se llevaron la gloria de la sangre derramada en algún lugar cercano y que robaron inmerecidamente, para la posteridad, el honor de bautiizar un combate que tuvo lugar en otros pagos injustamente olvidados para la nomenclatura de las batallas.

Cuenta la historia, o la leyenda, que nunca se sabe en estos casos, que al término de aquélla jornada sangrienta Wellington le preguntó a uno de los suyos como se llamaba ese pequeño villorrio en la retaguardia de la delgada línea roja británica, que había resistido los embates de la Guardia Imperial en la loma de Mont Saint Jean. Ese poblacho perdido, a la diestra de la carretera que unía París y Bruselas, se llamaba Waterloo. Y fue así como un lugar secundario, más bien alejado de la línea de batalla y que sólo había servido como hospital de campaña de los heridos del ala derecha, se llevó la gloria que le habría correspondido a sitios como Hougomont, La Belle Aliance o La Haye Sainte.

Así que, volviendo a Casablanca, de todos los pueblos de extrarradio de todas las capitales europeas en las que pudo encontrar refugio el ex Molt Honorable, tuvo que caer en el maldito Waterloo.

Conforme avanzo en el escrito, me llegan noticias de que la inmobiliaria, quien sabe si recogiendo los susurros más o menos discretos de los vecinos con posibles de la zona o del propi ayuntamiento, empiezan a poner reparos a la operación cerrada en el módico precio de 4.400 pavos al mes.

Nadie dijo que la revolución de las sonrisas iba a salir gratis, y menos aún cuando los exilios de hoy ya no son lo que fueron antaño, cuando lo único que garantizaban era un jergón lleno de piojos en algún campo de concentración nazi, si no pudiste salir de Francia, o una existencia espartana dando clases de matemáticas en alguna república sudamericana, si la suerte te permitió esquivar con un escorzo a los panzer alemanes entrando por las Ardenas.

Cuando tu pueblo merece fama mundial por ser la tumba de la epopeya de un francés que puso patas arriba el continente, cuando te dices vecino de un lugar al que asociar con la gesta eurovisiva de Abba, no tiene que tener puñetera gracia que venga un extranjero de sí mismo a montar el palacete imaginario de una república imaginaria en tu bendito vecindario. Con el circo implícito que esta ensoñación trae a cuestas en forma de cámaras, curiosos y peregrinación de incondicionales.

En todo caso, y aun a riesgo de anticipar acontecimientos, el sainete del President a la fuga, aupado a estas horas sobre el aliento divino de los bots rusos que, inasequibles al desaliento, mantienen viva su causa, parece tener el mismo final que el sueño de Bonaparte.

También Napoleón coqueteó por vía familiar con el independentismo corso, por vía paterna más que propia, cierto es reconocerlo. Su apellido figuraba a lo largo del XVIII en todas las conspiraciones anti francesas de aquella isla mediterránea que hoy, casualidades de la vida, también reaviva el fuego de la pasión indepe, inspirados por la casi-gesta catalana de los lazos amarillos.

Cuenta la historia, y esta si es verdad, no inventada, que al lado de Wellington, en aquélla sangrienta batalla que terminó en carnicería continental, había un español ilustre, amigo desde los días de la campaña peninsular que dio la gloria al duque.

Ricardo de Alava, se llamaba. El único soldado que, para la posteridad, habría de  estar en las dos grandes derrotas napoleónicas, primero en Trafalgar y luego en Waterloo. En una como perdedor, en otra como vencedor.

Desconozco quién será esta vez el Alava que firmará el finiquito de la epopeya de Puigdemont en los campos de Brabante. Pero es difícil encontrar mejor epílogo para una escapada como esta. Contemplando desde el porche, bajo el cielo siempre metálico belga, los sueños hechos añicos de una república imaginaria.

Pero a fin de cuentas, se dirá el ex President, entre esto y la Santa Elena de Estremera, me quedo con este palacete de extrarradio, que al menos tiene sauna en el baño, y las penas son menos cuando uno no tiene que pedir permiso para salir al patio.

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