PUTIN, ERDOGAN Y EL FAROL DE DRESDE

Dresde, Alemania del Este; 5 de diciembre de 1989.

Un  grupo de manifestantes se concentran ante la verja del edificio sede central de la Stasi, la temida policía secreta del régimen. Pretenden tomar por asalto las dependencias. En su ánimo, la euforia de la caída del muro, sólo unas semanas atrás, y la evidencia de que el régimen comunista del estado es un ente moribundo, como el propio estado en sí mismo, la RDA.

A la entrada del edificio, un oficial soviético, menudo y agitado, se echa mano de la pistola reglamentaria para frenar a la masa. Va a proteger el edificio con todo lo que tenga. Que no es mucho. La mayoría de la guarnición ha huido. Y el único apoyo posible es el de una unidad de tanques del Ejército Rojo, situada a las afueras de la ciudad.

El oficial ruso se tira el farol. Los tanques se aproximan. Y él mismo tiene orden de abrir fuego si alguien tiene agallas de saltar la verja.

En realidad, los tanques no se mueven sin la autorización de Moscú. Lo sabe y se lo calla. El mismo ha telefoneado al mando de la base. Y también a Moscú. Pero Moscú calla. Allí no contesta ni toma decisiones ni Cristo.

Es imposible disociar el silencio de Moscú aquélla tarde de diciembre de 1989 en Dresde, del futuro del solitario agente ruso que ha salvado lo poco que queda del Imperio soviético en Alemania del asalto de la turba con una pistola Makarov en la mano y un farol como la copa de un pino en la otra.

El oficial del KGB responde al nombre de Vladimir Putin. Y con el paso de los años, se encargará desde el poder de que ante cualquier eventualidad, en Moscú no se vuelva a escuchar el incómodo silencio del vacío de poder.

Cinco años después de estos hechos, un joven y ambicioso político turco alcanza la alcaldía de Estambul, al frente de un partido islámico moderado.

Es un conservador oriundo de una familia religiosa a orillas del Mar Negro, en la Turquía central. En ejercicio de su cargo, Tayip Recep Erdogan, que así se llama, desafía a las autoridades recitando un poema con inequívocas referencias islamistas.

Los aparatos del estado, imbuidos de un laicismo anclado en la razón de ser última de la propia Turquía moderna, lo condenan a una breve pena de prisión de cuatro meses, incluso aún a sabiendas de que los versos en cuestión inspiraron a los propios kemalistas en su camino al poder en los años 20.

Erdogan alcanza el cargo de primer ministro en 2003. Putin había llegado a la presidencia de la Federación rusa, la jefatura del estado, tres años antes. En su común afán por extenderse en el ejercicio del poder, ambos van a encadenar el máximo permitido de mandatos. Putin, más encosertado por la norma constitucional, alternará el cargo con el de presidente del consejo de ministros. Para ello se vale de un peón que le guarda la silla y con el que permuta los mandatos. Un tal Dimitri Medvedev. En el caso de Erdogan responde al nombre de Binali Yildirim.

Hay un hilo común en la trayectoria de ambos líderes. La democracia occidental, liberal, de inspiración anglosajona, es un artilugio que hay que rusificar o turquizar, amasándolo con brío para adaptarlo a las peculiares condiciones de países geográficamente inabarcables, como en el caso ruso, o geopolitica y culturalmente laberínticos, como en el caso de Turquía.

En último término, uno y otro echarán mano de mecanismos plebiscitarios para prorrogar sus mandatos o forzar las normas constitucionales para perpetuarse en el poder.

Hoy mismo, en Turquía, el 51% de los votos sancionan la reforma constitucional de Erdogan que, en la mejor tradición bonapartista, convienen el país en una república presidencialista, para terminar con la ficción mantenida desde que en 2014 el Presidente de la República ejerciera el poder a través de su jefe de gobierno-marioneta.

History matters, que dicen los británicos. La Historia cuenta. Y tanto en el caso de Putin como en el de Erdogan, los hechos corroboran lo que la teoría no fue incapaz de probar. Que la democracia, tal como la entendemos en el occidente europeo, no tiene porqué arraigar en tierras sometidas a poderosas dinámicas que hunden sus raíces en los traumas de la Historia y la lucha por los recursos en entornos hostiles. No al menos con el acervo con el que hemos interiorizado los dogmas surgidos de la revolución, que creímos eternos y no sujetos a discusión, como la separación de poderes, las garantías cívicas o la libertad de prensa.

En todo caso, cuando regímenes dificilmente encuadrables en  el concepto estandarizado de democracia se perpetúan a través del mecanismo del plebiscito, apelan a la dinámica maniquea de la respuesta alternativa autoexcluyente. La del si o el no sin matiz alguno. No es casual su papel nuclear en todas las dictaduras o en las democracias que voluntariamente han evolucionado hacia formas autoritarias de poder.

Algo de ello sabemos en España, cuando el populacho se arrastraba ante el carruaje del rey felón para desenganchar los caballos y tirar del coche real al grito de Vivan las cadenas.

El menudo oficial de mirada glacial y proverbial sangre fría se va a encargar mientras viva de que al otro lado de la línea, en Moscú, no se vuelva a escuchar el silencio de las estancias vacías de un imperio que se desmorona.

El ex alcalde islamista moderado de Estambul vestirá con los ropajes moribundos de la democracia,, en la que nunca terminó de creer, su golpe presidencialista para enterrar el sueño de la Turquía moderna a orillas del Mar Negro.

 

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