La panza siniestra de las bombas que el personal de tierra cargaba en las bodegas de los B-29 incluía un mensaje escrito con tiza blanca. Remember Pear Harbor, decía la leyenda, caligrafía de un sentimiento de revancha y recordatorio perenne para levantar la moral de la tropa y disipar las dudas existenciales de los pilotos que iban a soltar su siniestra carga sobre, también, objetivos civiles.

Los americanos son muy peliculeros. Ya lo sabemos. Pero, al menos, en los trances decisivos de su historia, con razón o sin razón, han seguido al pie de la letra esa máxima del Arte de la Guerra de Tsun Zu, según la cual las guerras se ganan en las iglesias antes que en el campo de batalla. Sólo quien está convencido de la justicia de su causa está dispuesto a entregarse por la misma. Y ellos lo creyeron al pie de la letra, hasta cuando decidieron borrar del mapa ciudades enteras con su indefensa población civil, en un ejercicio de ceguera colectiva que les lleva a justificar hasta el holocausto nuclear de Hiroshima.

Putitas de confianza.

Ese debería ser nuestro “remember Pearl Harbor”.

Las declaraciones del sumario que se instruye contra la trama corrupta del antaño poderoso Francisco Granados, incluyen esa expresión, puesta en boca de un empresario sevillano que premia con tales derramas -putitas de confianza, cacerías, fería de abril, hoteles de lujo y hasta un par de toros de la ganadería Miura- en agradecimiento por la adjudicación de la construcción de un colector de aguas residuales que salió por 6 millones y pico de pavos.

A mí me apasiona el cine, las series y los giros imprevistos de guión. Y aquí uno no puede encontrar más metáforas cinéfilas para describir una época, un tiempo que ha terminado en sacrificio de una generación entera de españoles. Dinero, toros, fiestas y putitas de confianza, en pago por la adjudicación de una obra que sirve para encauzar la porquería que tiramos a las alcantarillas. Todo absolutamente coherente, como en ese proceso narrativo en el que las piezas del mecano terminan por encajar para desvelar el alcance de la trama y el drama shakesperiano en el capítulo final de la temporada de la serie.

Recordad “putitas de confianza”.

Deberíamos escribir en la papeleta de voto esta sentencia, si no fuera porque luego el voto fuera declarado nulo. Mejor grabar esas tres palabras en la cabeza, con la tinta indeleble de la memoria airada, y votar con gesto adusto delante de los interventores del partido al que las encuestas atribuyen la primera posición en intención de voto. Sin ira, ni rabia. Pero dedicándoles una mirada de incredulidad por su lealtad inquebrantable a un proyecto político absolutamente nocivo para el futuro de España, en tanto que tal partido no asuma una responsabilidad sincera por tales hechos.

Porque es imposible creer que no vieran nada. Que no oyeran nada. ¿Cómo se esconden dos miuras de 500 kilos? ¿Cómo no percibieron el aliento jadeante de políticos con ojos enrojecidos por los efectos de una noche de desfases? ¿Cómo asumieron como lógico el dispendio y el tren de vida de fulanos encaramados al poder desde lo alto de las pistas de Baqueira que tanto frecuentaban? ¿Cómo ignoraron el hedor putrefacto de tanta amistad peligrosa, de tanto compadreo bastardo?

Recordad “putitas de confianza”.

Ahora que veo la creatividad forzada desde la nada de una generación que ha aprendido a fuerza de hostias, conviene no olvidar que en el altar de la estabilidad, de lo malo conocido, del “virgencita que me quede como estoy”, se prepara el sacrificio de la siguiente hornada que levante cabeza. Los carneros famélicos por la crisis, han ido cogiendo peso a fuerza de sacrificio, y la siguiente generación de constructores puteros, de contratistas sin escrúpulos, de comisionistas babosos está preparando el asalto a la nueva camada. Prestos a una presa después de la retirada táctica que tuvieron que emprender cuando se acabó la fiesta del crédito barato.

La prosperidad, sin reformas institucionales que tapen los agujeros por los que cuela la corrupción, es el alimento de las alimañas del mañana. Y las reformas institucionales -Senado, diputaciones, justicia independiente y eficaz, órganos reguladores eficientes, controles ex post en lugar de ex ante- son la única vía de contención contra la peste que nos devora tan pronto levantamos cabeza.

Recordad “putitas de confianza”.

Por ellas, aquéllas mujeres, que también son víctimas.  Por vuestros hijos, que algún día, si la cosa remonta, tendrán que seguir pagando los mismos peajes que condenaron a una generación. Por la España que importa. La que no nos robaron entre tanta orgía de bandera y pulsera exhibida con ardor futbolero y reside en lo mejor de nuestra gente.

Recordad nuestro Pearl Harbor, nuestras putitas de confianza, cuando dentro de tres semanas vayáis a votar.

Sólo entonces, cuando estéis delante de la urna haceos esa pregunta para vuestros adentros. ¿Cómo pudo pasar algo así sin que nadie se enterase, sin que nadie hiciese nada?.

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