¿Quién teme a Lynton Crosby?

¿Sabe usted quien es Lynton Crosby?

Es el hombre que convirtió en realidad el milagro de los tories, los conservadores británicos, de conseguir una mayoría holgada en las últimas elecciones parlamentarias en Reino Unido, celebradas en mayo de este año. Un logro mayúsculo, si se tiene en cuenta que todas las encuestas limitaban las opciones de Cameron a seguir en Downing Street con el renovado apoyo de liberales demócratas o incluso una nada improbable derrota.

Si dedico unas líneas a hablar del personaje es por las similitudes que empiezo a percibir entre lo que pasó en mayo en Reino Unido y lo que puede pasar  en diciembre en España.

No consta que el poderoso Crosby esté detrás del equipo de campaña del PP en estas elecciones en España, aunque sí está acreditada la fascinación de este partido por la reciente campaña británica, a la que prestaron especial atención. Crosby ha hecho carrera en el mundo anglosajón, donde se mueve con soltura y solvencia garantizada, siempre al servicio de la derecha que pague por sus elevados honorarios. Ha dirigido campañas en Nueva Zelanda, Australia, Canada –su más reciente fracaso– y Reino Unido, donde se dio a conocer aupando a Boris Johnson a la alcaldía de Londres.

También contra pronóstico en su día, por cierto.

Encumbrar a Cameron con una mayoría impensable no era una tarea fácil. Cameron comparte con Rajoy la misma atonía del político gris, falto de carisma y capacidad para enamorar a las masas. Ambos llegaron al poder por demérito de sus oponentes, devorados por la crisis y, en el caso del británico, por  el fin del enamoramiento cinematográfico del público británico con el legado de Tony Blair. Alguien a quien en España asociamos torpemente con la foto de las Azores, pero que encarnó una regeneración kennediana en la Inglaterra depresiva post Thatcher.

Cameron no es un histrión como Boris Johnson. No es un político fácil de vender, en los términos en los que el marketing político reciente pone el foco. No es un orador brillante, tiene profundas divisiones en el seno de su partido y no le rodea ese aura de poder que irradian los líderes natos.

Rajoy, en muchos sentidos, comparte idénticas credenciales. Y por eso es por lo que veo un patrón muy similar en los, aparentemente ridículos videos de campaña con los que el presidente del gobierno en ejercicio en España está acaparando la atención de los medios.

A Rajoy  nos lo van a vender en esta campaña como un político anodino, aburrido, orgulloso amante de las perogrulladas y las ya famosas rajoyadas, del tipo «lo serio es ser serio».

Suena ridículo, pero no lo es.

Obedece a una estrategia que va a hacer de Rajoy un hombre común, ni tonto ni listo; ni guapo ni feo; ni malo ni bueno. Un español fofisano de provincias, con memorieta de opositor y notoria capacidad para no pretender ser más listo de lo que realmente es. Ni más joven de lo que es, lo cual tiene sentido en un país envejecido.

Algo que siempre le entró bien al común de mis compatriotas.

En una campaña marcada por la juventud y el evidente atractivo físico de muchos de los recientes cabezas de cartel, como Arrimadas, Pedro Sánchez, Rivera, Romeva, Garzón, Villlacís -es estúpido negar este hecho-, lo que harán los estrategas del PP es precisamente afirmar la aburrida normalidad de un candidato que se parece a la mayor parte de los mortales, y que carece del más mínimo sex-appeal.

No pretendo frivolizar con estas afirmaciones. Sólo señalar la estrategia y el por qué de la misma.

Riámonos todos juntos de las tautologías de Rajoy y de la simpleza intelectual de sus argumentos. Hagamos virales en las redes a cuenta de la pobreza racional de su argumentario y de los modos decimonónicos de un presidente que podría formar parte de un gabinete de Canalejas, allá por 1911 sin desentonar.

No soy un politólogo al uso, ni tengo detrás de mí una legión de expertos en big data captando la fotografía sociológica del momento. Me baso en la intuición, la que me dice a gritos que la campaña del PP  puede funcionar a menos que sus oponentes encuentren un antídoto inteligente.

No se trata unicamente de una apelación al grito del «o yo o el caos», basado en las incertidumbres de un resultado que ofrezca mayorías escuálidas a una de las dos grandes fuerzas políticas. Se trata de una apelación a esa mayoría silenciosa que historicamente tanto sedujo a una derecha enamorada de tal concepto desde que Nixon lo acuñara para ganar la presidencia, en mitad de la efervescencia revolucionaria en los Estados Unidos que quemaba banderas en los campus a cuenta de Vietnam.

¿recuerdan el nombre del personaje al que aludimos al principio de este post? Lynton Crosby. Puede que esta no sea una campaña de su estilo, agresiva y a cara de perro, en las que este Mourinho de la consultoría de estrategias electorales se mueve con brío y tino. Pero sí atino a ver su mano en el modo en que nos presentan a Rajoy, muy parecido al que usaron con Cameron en mayo de este año.

No se trata de esconder sus defectos. Sino todo lo contrario. De acentuarlos, para presentar a un candidato tan gris como el común de los mortales.

Como usted y yo. Como la inmensa mayoría de los votantes que ni son guapos, ni son sabios, ni son brillantes oradores.

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