POR QUÉ RAJOY TIENE HOY MÁS PODER QUE NUNCA

 

En el año del Brexit, de Trump y de la caída de Renzi, España se convierte en un bálsamo de estabilidad política. No es la primera vez que ocurre. Lo de ir contracorriente siempre fue una constante en la Historia de España.

Ya en los años treinta, cuando el viejo continente se despeñaba por la senda del autoritarismo, en España inaugurábamos una democracia parlamentaria republicana.

Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando en Europa Occidental el consenso socialdemócrata ganaba para la causa hasta a la vieja derecha social cristiana, en nuestro país se afianzaba una dictadura nacional católica que mantendría un velo de oprobio sobre los rescoldos de la larga posguerra del 36.

A finales de los setenta, cuando el golpismo de la extrema derecha sacudía a los países más estables de Sudamérica o la violencia política de extrema izquierda azotaba a democracias consolidadas como la italiana o la alemana, en España hicimos una Transición llena de moderación y concordia según el relato épico de la misma.

Nunca antes un mayoría parlamentaria tan minoritaria concitó tanto poder político.

Ahora, cuando Occidente se abandona al griterío del populismo nacionalista y los primeros ministros caen como fichas de dominó, en España se redescubre una estabilidad institucional que había sido puesta en cuestión por nuevos actores que parecen perder fuerza en medio de las guerras de familia.

La mera supervivencia política de Mariano Rajoy, el hombre plano, indolente y previsible, que contempla el devenir de los acontecimientos con la abulia propia de un ministro del gabinete de Cánovas bajo la Regencia de María Cristina, constituye la evidencia más certera de la atonía del caso español.

Nunca antes un mayoría parlamentaria tan minoritaria concitó tanto poder político.

Y no me refiero al poder que se mide al peso, en términos de gobiernos autonómicos, grandes alcaldías o número de parlamentarios. Sino al que se mide en términos más sutiles para bendecir no sólo a quien lo ejerce nominalmente, sino a quien se convierte en árbitro de la situación política.

Y aunque duela, es preciso admitir que Rajoy tiene en sus manos mucho más poder del que tenía en 2011, cuando 186 diputados, diez más de los necesarios, le otorgaron la mayoría absoluta más amplia que la derecha jamás haya tenido.

Para empezar, se guarda en la manga la llave del cerrojo electoral, que puede abrir a conveniencia según la coyuntura se preste a sus intereses.

Tal coyuntura se puede producir en cuanto su imagen de moderación -ensayada con medidas que gozan de buena prensa  como la subida del salario mínimo, reducción del IVA cultural o escenificación de un pacto educativo  o sobre el futuro de las pensiones- sea puesta en contradicción por una oposición a la que dicho sea de paso, bajo ningún concepto le interesa forzar nuevas elecciones.

Que Rajoy pierda votaciones en el Parlamento cada semana no implica, como la de la Ley Mordaza, no implica la derogación de tales normas. Y este escenario puede conducir a la frustración en la izquierda.

Incluso aunque el presidente pierda votaciones parlamentarias una semana tras otra.

Conviene recordar que la votación de una moción consecuencia de una interpelación no supone la derogación de una ley, aunque este detalle pase de largo en la euforia desatada de los activistas en las redes sociales de los partidos que quieran hacer ver lo contrario con el griterío a cuenta de la supuesta, que no real, derogación de la Ley Mordaza, por ejemplo.

Incluso aunque, llevado por una debilidad parlamentaria en apariencia extrema, el presidente tenga que pactar cesiones en los presupuestos ante el nacionalismo vasco. A fin de cuentas, esto es algo que la derecha en nuestro país ha hecho siempre. La izquierda rompe España, y la derecha acuerda por el bien de España con los que, en el primer caso, son separatistas, y en el segundo nacionalistas moderados con los que hablar lenguas autóctonas en la intimidad.

Sólo dos líderes de grandes países de la zona euro que ya estaban en el poder en 2011, van a seguir al frente del gobierno en 2017. Y esos líderes son el español y Merkel.

Con suerte o sin ella, Rajoy encarna un bálsamo de estabilidad en medio del maltrecho contexto europeo. Ha sobrevivido a líderes globales, como Obama. A líderes de trayectoria paralela, como Cameron o Sarkozy. Y a efímeros líderes emergentes como Hollande o Renzi.

En términos comunitarios, se ha convertido en un veterano superviviente con derecho de asiento a la diestra de Merkel, el otro ejemplo de estabilidad política que, se diga lo que se diga, conservará el poder en las elecciones de este año.

Y es ella y no la Comisión Europea, la que le permitirá aliviar en los próximos meses la carga de la austeridad para destinar las dádivas resultantes a cuidar sus pactos con Ciudadanos o quien sea, como ha quedado recientemente demostrado.

Es tal el poder de un hombre políticamente dado por muerto tantas veces -2004, 2008, 2012, 2015- que su silueta inequívoca está detrás de las maniobras de resucitación sobre el cuerpo inerme de un PSOE sumido en una profunda crisis existencial.

Y ese lujo auto concedido, el de insuflar aire en las vías respiratorias del enemigo que tanto hizo por construir la arquitectura bipolar de la política española, no deja de ser una dolorosa afrenta con sabor a aceite de ricino en buena parte de las bases socialistas.

La paradoja de estos tiempos es que la fuerza política más castigada en términos absolutos de pérdida de escaños, alcaldías y gobiernos autonómicos entre 2011 y 2016 -el PP de Rajoy- es el que encara el año 2017, el de los grandes congresos de todas las fuerzas políticas del arco parlamentario, con menos incógnitas a la hora de despejar su liderazgo futuro.

Rajoy se sucede a sí mismo, encaramado a una coyuntura internacional que ni en el mejor de sus sueños hubiera podido imaginar.

Esa y no otra es la incógnita que descuadra todas las cábalas estratégicas en los análisis políticos que se hacen desde España. Demasiados años retraídos tras el parapeto de los Pirineos y una patológica incapacidad de nuestros líderes para hablar el idioma global de las relaciones internacionales, hacen el resto.

A Rajoy le bendice el panorama internacional tanto como a Franco le bendijo en su momento la baza anticomunista en el apogeo de la Guerra Fría.

Por eso se siente cómodo en esta falsa debilidad parlamentaria.

Y por eso, con las concesiones que va a arrancar de la moribunda Comisión Europea y que no hubieran sido posibles hace cuatro años, cuando el austericidio casi termina en una intervención a la griega en España, Rajoy se ve a sí mismo en la cima de carrera, pese a una debilidad parlamentaria que nunca fue un factor menos relevante a la hora de medir el verdadero poder. 

El que no se cuenta en función del número de escaños sino atendiendo al contexto.

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