El esperpento boliviano, con secuestro de avión presidencial de por medio, retención de un mandatario internacional en el limbo de la fría Sala Vip de la fría –pese al verano- Viena tiene todos los ingredientes para ilustrar una comedia del absurdo en estos tiempos.

La caza y captura del filtrador Snowden, que por cierto filtra lo que para todo el mundo era un secreto a voces –connivencia y relación privilegiada entre gobiernos y grandes operadores de la red para construir el Gran Hermano de nuestro tiempo- pone en evidencia hasta qué punto vivimos en un universo de ficciones.Evo-Morales-aeropuerto-Viena_LNCIMA20130703_0065_27

Hace un año, estudiando relaciones internacionales, recuperé la vieja distinción entre idealismo y realismo en este campo, de la mano de uno de los más brillantes y entusiastas profesores que he conocido en esta materia, José Antonio Sanahuja, de la Complutense. Servidor siempre tuvo una visión excesivamente realista de un campo, las relaciones internacionales, en el que la existencia de cualquier ficción de ordenamiento jurídico capaz de ordenar y racionalizar las relaciones entre actores internacionales –esencialmente los estados- vive presa de un estado de caos permanente, en el que la ley del más fuerte impera frente a las aspiraciones idealistas de ordenar y equilibrar ese estado de caos que tantas veces condujo a la guerra y el enfrentamiento en el pasado.

Ando estos días leyendo “Las consecuencias económicas de la paz”, de Keynes.

Y ya en los primeros capítulos, el gran economista, testigo de las negociaciones del Tratado de Versalles que abonaría el terreno para un nuevo enfrentamiento bélico global a la vuelta de 20 años, se hace eco del entusiasmo con el que el presidente norteamericano Wilson desembarca en el viejo continente para participar de la Conferencia de Paz con la voluntad –hoy diríamos profundamente ingenua- de convencer a los viejos mandatarios europeos de arbitrar un sistema de relaciones internacionales basado en la creación de un órgano multilateral de solución preventiva de conflictos, con sistemas de arbitraje para evitar e incluso prohibir el recurso a la guerra como método de solución de discrepancias entre estados.

Es el apogeo del idealismo wilsoniano frente al viejo realismo europeo, hijo bastardo de un sistema multipolar de equilibrio de poderes que había conducido a la tragedia de la Primera Guerra Mundial.

Siento irme por las ramas. No puedo evitarlo. Pero me parece pertinente volver a elucubrar en torno a esta vieja dicotomía –realismo e idealismo- en un terreno en el que, pese a los avances de la codificación a través de tratados internacionales de amplio espectro y la generalización de usos y costumbres que configuran un corpus teóricamente aceptado por todos los actores internacionales, la lógica realista termina por imponerse a la mínima oportunidad.

W. Wilson
W. Wilson

Cuando Wilson desembarcó en Europa, en 1919, los europeos, hastiados de una guerra sin precedentes en horror y magnitud, acogieron con entusiasmo al mesías venido del nuevo mundo, de la Utopía del Atlántico Occidental, en cuyas orillas germinaba una nación libre de los viejos prejuicios fronterizos del viejo continente. Se entregaron a su mensaje del fin de la diplomacia secreta y el triunfo de un racionalismo normativo en el campo de las relaciones internacionales, bajo el recuerdo de la masacre de las trincheras que nunca debía volver a repetirse.

Nada o casi nada pudo hacer aquél presidente para satisfacer las altas expectativas creadas. Y cuando abandonó las sesiones de Versalles y embarcó a Nueva York, sólo había desilusión, frustración y fracaso.

Volviendo al presente, lo ocurrido con el avión de Evo Morales me reafirma, y bien que lo siento, profesor Sanahuja, en el terreno del pesimismo realista en materia de relaciones internacionales.

Pesimismo porque, pese a la existencia de normas aplicables, de costumbres generalmente aceptadas, y de que en este terreno hay lo que no hay en otros –codificación- a la hora de la verdad ni la Covención de Viena de 1969 ni la práctica habitual en la materia puede hacer nada para enfrentar a las presiones de un sistema en el que, el caos y la lucha de poder, como elementos soterrados, siguen pautando las acciones de unos y otros.

Querría ser wilsoniano  e idealista. Pero la evidencia me abruma. Incluso de forma esperpéntica, como acabamos de ver en el curioso incidente del avión de Evo, retenido ilegalmente en la misma ciudad que da nombre a la Convención vapuleada por el peso de la realidad, el pragmatismo y la ley del más fuerte.

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