Recuperación económica en hoja de Excel

Dicen los que entienden del particular que para que España vuelva a crear empleo su PIB tiene que crecer a una tasa superior al 1 y pico por ciento.

Los datos de la EPA anunciados hoy, revelan que, restando estacionalidad a las cifras, y descontando el descenso de población activa motivado, aunque no lo quieran reconocer, por el éxodo masivo de españoles al extranjero, apenas se crea empleo en el país.

También dicen tales sabios, que el dichoso PIB crecerá si mejoramos nuestra competitividad, lo que conduce directamente al factor trabajo y al coste que el mismo representa para las empresas.

Por último afirman los que saben que dicho factor sólo mejora si se persiste en el camino de la devaluación interna, porque la otra, la externa, desapareció con la integración en el sistema monetario del euro. En resumidas cuentas, en España se tiene que trabajar más por menos para devaluar el coste del factor trabajo y permitir con ello el retorno de los capitales que huyeron en el último lustro, a cuenta del destrozo causado por un modelo económico fuertemente basado en el ladrillo.

Si, en resumidas cuentas, esto es lo que dicen los que entienden, el manual de salida de la crisis exigiría un ajuste complementario para que los frutos de la recuperación empezaran a traducirse en creación neta de empleo a la vuelta de la esquina. Sin embargo, pese a las reiteradas promesas, esta devaluación interna acelerada en la que vive un país que ahora suplica por el antaño denostado mileurismo, no se traduce en nada, pese a que el gobierno intente instalar por medio de sus altavoces propagandísticos un estado de euforia general que no se vislumbra por ningún lado.

El gobierno de Rajoy ha seguido el guión marcado por Berlín (ni menciono a Bruselas) con lealtad milimétrica.

1.-Ha engordado las cifras de deuda por mor de una recapitalización bancaria brutal, que tendrán que amortizar las hipotecadas generaciones venideras.

2.-Ha recortado el gasto e incrementado impuestos intentando corregir el déficit para llegar a la meta soñada del 3%, esa utopía aleatoria que cifra en tal umbral la entrada en el reino de los justos y los sabios.

3.-Ha redondeado la devaluación interna, aunque le haya costado reconocerlo, básicamente por la vía de los salarios, sin tocar el beneficio empresarial ni revisar otros factores que lastran la competitividad del país.

Si la salida de la crisis tuviera un guión protocolizado, nadie podría reprochar a Rajoy, de Guindos y Montoro el cumplimiento de los memorándum cruzados para que la semi-intervenida España empezase a ver la luz del túnel por donde debiera verse, en la reducción del desempleo como factor esencial para atajar el empobrecimiento y la desigualdad acelerada en un país que se ha convertido en pasto de gangas para fondos buitre y mercado para nuevos pelotazos como el de Eurovegas.

Lo que nunca entenderán los amantes de tales protocolos, de las hojas de ruta basadas en la fiabilidad de la hoja del Excel y en la previsibilidad de las cifras esperadas, es que sus recetarios son enormemente vulnerables en cuanto otros factores, que no son medibles en ecuaciones racionales, saltan por los aires.

Keynes supo preveer en su día las consecuencias económicas del Tratado de Versalles, que condenaba a Alemania a veinte años de miseria, pero también las políticas y sociales. Quizás en este último término por el que la tecnocracia ultraliberal ha sentido tanta aversión –sociedad, social, colectividad- radique la sombra que emborrona la milimétrica precisión de sus hojas de cálculo, de sus inmaculados protocolos de recuperación.

Porque pocos economistas pudieron prever la ascensión del nazismo en Alemania y sus consecuencias para la humanidad. Pocos analistas, y ningún economista, pudo prever lo que ha terminado por ocurrir en el norte de Africa a resultas de la primavera Arabe.

Y pocos, o ninguno, será capaz de prever la próxima crisis que sacuda o reviente por los aires su impoluto catálogo de previsiones, basadas en la certeza de que todo permanece estable, como si el devenir de los acontecimientos discurriera por lo previsible para no emborronar sus vaticinios, basados en último término, en una expectativa de mejora global de las economías de todo el globo.

Como si no supiéramos, a estas alturas, que para que alguien gane, otro tiene que perder.

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