El día en que la Constitución perdió su C mayúscula

En la Facultad de Derecho me enseñaron a reverenciar el texto constitucional casi con la misma mística con la que Moisés  debió dirigirse a los israelitas para contar a los cuatro vientos los mandatos que Dios, guiando su mano, le había hecho esculpir en piedra para el buen gobierno moral de su elegido pueblo.

 No exagero cuando afirmo que todo lo que tenía que ver con la Norma Fundamental era revestido por cuantos profesores de constitucional pasaban por el estrado, de un halo de intangible infalibilidad. Hasta en la obligación de escribir la primera letra de cada palabra que mentaba la sagrada norma con reverendísima mayúscula. Como se escribe la D de Dios, vamos.

 El dogma, cuestionable en algunos preceptos, era tal dogma a fuerza de intangible, invariable, inmutable y, no obstante, en su ubicua perfección, adaptable a los tiempos cambiantes con inusitada gracia, la que le otorgaba el haber nacido de un consenso urdido por mentes preclaras de la Transición.

 Mentes que arrancaban consensos imposibles para desmantelar un régimen y construir una democracia, con la sola argamasa de la buena voluntad y la visión de futuro de sabios que vestían traje gris, pantalón acampanado y camisas de picos imposibles, mientras intercambiaban ducados en eternas discusiones de las que salían con el nudo de la corbata caído. Estaban desmantelando el régimen e introduciendo al país en la modernidad. En Europa, se entiende.

 Una Europa que se erigía ante el mundo -la occidental- como el baluarte de las libertades públicas y el bienestar ininterrumpido. El binomio perfecto: democracia y prosperidad.

 Lástima que una misma generación haya tenido que contemplar el auge y la caída del concepto.

 Por cierto, no se cuestionan en estas líneas la idoneidad de la medida, sino la forma en que se articula y la ironía en que incurrimos todos al modificar, por vía de urgencia, lo que casi no se puede modificar. La inmaculada inmutabilidad de la constitución se nos viene abajo por arte de magia. O mejor, por arte de la mano invisible que mece el Mercado y que nos manda escribir en la sagrada norma la obligación de no gastar más de lo que se tiene.

 Las gallinas que entran por las que salen, que dirían en mi pueblo. Constitucionalizar el buen gobierno económico, convertir en anatema el déficit y en blasfemia la deuda. Adam Smith, superándose a sí mismo.

 Porque no sólo no es necesario regulador alguno del Mercado: es el propio Mercado quien regula el sistema; modifica constituciones, sacrifica programas políticos, humilla naciones…

Y es que ahora veo que mii catedrático de constitucional estaba equivocado. La sacralización laica de la Norma Fundamental, no le otorga a una ley de 176 artículos el privilegio de ser escrita con mayúscula -la C de Constitución- en los textos escritos hasta el fin de los tiempos. Ni la imbuye de la mística necesaria para ser respetada su palabra como lo es la Palabra del Señor en las sagradas escrituras.

Era el Mercado. Siempre fue el Mercado, o Los Mercados, los que merecieron la M mayúscula a la hora de escribir su sacrosanto nombre en el papel inmaculado. Porque a ellos pertenece la soberanía nacional e internacional.

Hagan la prueba. Sustituyan la palabra constitución de los artículos 2, 6, 7, 8 y 9 del sacrosanto texto por la palabra Mercados y entenderán que siempre estuvimos equivocados. Que nos engañamos a nosotros mismos. Y que donde dijimos constitución, siempre quisimos decir Mercados.

¿O alguien piensa que esto es idea de Merkel y Sarkozy? Inocentes criaturas….

PD: Para que no haya malos entendidos. Creo que añadir al texto constitucional una mención a la contención del déficit puede ser hasta positivo. No se discute. Pero me duele que la iniciativa sea de los mismos mercados que provocaron esta crisis, precisamente por la inacción de los reguladores públicos que tenían que medir los riesgos bancarios y de sus productos financieros, auténticas estafas piramidales. Que los poderes públicos terminen aceptando sus dictados para «calmar a los mercados», y no adopten esta decisión por voluntad propia -cosa que sí se habría podido escenificar en un debate sereno a partir de la nueva legislatura que empieza en diciembre- es la evidencia de que no sólo dictan el QUÉ hacer, sino el CÓMO y el CUÁNDO hacerlo.

Vamos a hacer algo más que modificar la Constitución española. Por vía de urgencia se modifica la Ley de Caza o la de Montes de Utilidad Pública. Pero no una Constitución.

Porque con ello, estamos matando su mística.

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