REPITE CONMIGO, ALBERT: “YO NO SOY EMMANUEL MACRON” (pese a que te mueres por serlo)

Entiendo tu fascinación por nuestro vecino francés. Créeme que la entiendo. Es un líder joven, como tú, bien parecido, como tú, y que se ha abierto paso entre aparentes fuerzas antagónicas y hegemónicas como tú.

Pero siento decirte que ni España es Francia, ni tú eres Macron, por mucho que te seduzca la idea, por mucho que grandes cabeceras anden rindiendo pleitesía a la idea o halaguen tus oídos dejando espacio para que gloses con tu prosa heroica la buena nueva del “momento liberal” en Europa que tú dices encarnar en España. 

Me falta tiempo y espacio para describir en este post el movimiento pendular de las grandes ideologías en la historia de nuestro viejo continente. Solo te diré que no es nuevo, y que estuvo presente en gobiernos europeos que abrazaron en su momento las grandes tragedias del siglo pasado. Al menos con la misma ceguera y determinación con la que lo hicieron los perversos extremos a los que describes como la consecuencia lógica de tu reflexión, una suerte de  buena nueva liberal mezclada con retórica de Fin de la Historia, a lo Fukuyama, sin paños calientes. El futuro era esto, y nadie salvo tú lo vio venir. 

Perdona que no me levante a a apagar la luz mortecina del consenso liberal, que certifica la muerte de todo lo que no es puro de espíritu, como el alma piadosa de los equidistantes a quienes das voz en este valle de lágrimas. 

No me lo tengas en cuenta. Me pasa que no te creo. Suelo desconfiar de los tipos que se tientan el puño de las camisas, sujetando los gemelos invisibles que asoman tras las mangas de la chaqueta. Pero, sobretodo, suelo desconfiar de quienes abusan de la máxima marxista, de Groucho, sobre principios a la carta. De quienes incluyen en el código ideológico de su partido menciones agradables como “socialdemócrata”, que luego desaparecen cuando el aluvión de nuevas altas, mayormente procedente de una de las dos orillas a las que dices detestar, gana peso en la intelligentsia de tu partido y te pregunta por esa letra pequeña.

No pasa nada, les dices. Con tu habitual flexiseguridad la amortizas del ideario y lo disfrazas de modernidad. 

Somos casi de la misma quinta, Albert. Y me niego a creer tu relato del mal, el otro mal y el ángel exterminador del bien naranja que viene a redimir el mundo a lomos de un caballo blanco tirado por medios muy poderosos. Medios que, de repente, se caen del guindo y abrazan tu evangelio new age, en el que una tribu de gente guapa, cargada de MBA’s y que en vez de reuniones hace “brainstormings” nos dice al resto que somos muy paletos y viejunos.

Ni tú eres Macron, ni España es Francia. Si me apuras, tampoco eres Arrimadas, esquinada en su momento de gloria con una versión mejorada de escenificación balconera que tanto nos recordó a esas noches genovesas en las que había codazos para captar el tiro de cámara adecuado. 

Me pasa, Albert, que yo sí creo en la red de seguridad socialdemócrata. Y tengo muy claro dónde han estado los tuyos, que ya existían antes de tu advenimiento en este secarral, cuando se discutía acerca de cuan tupida debía ser la misma para que la igualdad no tuviera tanto que ver con la agenda de contactos de cada cual.

Me pasa que, en el momento de la verdad, en lugar de innovar con valentía como Macron, optaste por mantener en el gobierno al ejecutivo más corrupto de la historia de nuestra democracia. Uno que no sólo tiene más ex presidentes autonómicos y ex ministros imputados o en prisión que ningún otro en el continente al que tanto dices mirar. Sino que permaneció paralizado como un conejo al que das las luces largas de noche en la carretera mientras el camión sin frenos del independentismo amenazaba con destrozar todo aquello que ha costado tanto levantar. 

No, Albert. Tú no eres Macron. Aunque tanto empeño pongan en la tarea aquellos que levantan liderazgos sobre el tablero de la experimentación social y la fabricación de líderes con la dedicación del mito de un nuevo Prometeo.

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