Requiem por Europa

 La Unión Europea no se entiende sin su modelo de desarrollo. Sin ese círculo virtuoso que integraba crecimiento, progreso y derechos humanos. Se le bautizó como modelo social europeo. Y representó durante décadas el anhelo y el destino para países sometidos a la tiranía o el atraso endémico, como España. El próximo lunes, el gran edificio europeo recibe el nobel de la paz  en sus horas más bajas. Y no puedo evitar verlo como un reconocimiento póstumo a una idea que se nos cae a trozos entre las manos

 

Hace unos 10 años me dio por leer a uno de los principales gurús de eso que entonces empezaba a conocerse como globalización. Su autor, Thomas Friedman, definía el mundo que estaba por llegar en el título: la tierra es plana.

Reconozco que cuando leí el libro tuve una sensación agridulce. Acostumbrados al dogmatismo europeo, en el que las grandes transformaciones de nuestro tiempo se enmarcan en definiciones complejas – del tipo patriotismo constitucional o neofuncionalismo institucional- , leer un libro desde la perspectiva norteamericana,  en el que el fenómeno de la globalización se definía a partir de ejemplos como la deslocalización de los call centers hacia países como Chile, Perú (en el caso de las compañías españolas) o India (en el caso de las estadounidenses o británicas) me pareció trivial. Insustancial.

El relato se centraba en la globalización del factor trabajo, como preludio de la globalización inminente y mucho más devastadora del factor capital. Y aquí, el súbito aplanamiento de la tierra, que diría Friedmann, se ha llevado por delante la pieza más codiciada: el modelo social europeo, al que definimos constitucionalmente como estado del bienestar.

Digamos que en el gran casino de las finanzas internacionales, apostamos las fichas que previamente habíamos canjeado por euros. Y es evidente que hemos perdido una apuesta en la que nos jugamos nuestro modelo económico y de desarrollo. El  que nos hizo sentir orgullo por pertenecer a un club en el que se garantizaban derechos básicos inalcanzables en el resto del planeta, y que representaba la solución a la ecuación perfecta:

democracia+establilidad+capitalismo humano= progreso sostenible

Ese club, cohesionado a partir de la Unión Europea como proyecto de integración superaba un orden anterior, responsable de llevar al mundo a dos guerras mundiales, y representó durante años el sueño dorado en otras tierras asoladas por la pobreza o la tiranía. Lula da Silva lo sintetizó en una frase: “el proyecto de integración europea debería ser considerado patrimonio de la humanidad”.

Con nuestras miserias, pero con la inmensa autoridad moral que nos hacía poseer una voz firme en el globo. Y  sin un poder militar disuasorio detrás que nos hiciera ser queridos a fuerza de ser temidos. Se nos quería sin inspirar temor, a diferencia de lo que ocurre con Washington. Líderes en cooperación internacional al desarrollo; líderes en desarrollo humano; líderes en derechos cívicos y políticos; líderes en bienestar; líderes en seguridad interior; líderes en conocimiento.

Esa es la Europa que se proyectaba al mundo al comienzo de la década pasada, cuando el fantasma de la guerra fría se diluía con la ampliación al este, hacia los países antaño sojuzgados por Moscú: Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumanía, etc. Una reserva de autoridad moral, capaz de hacer frente al unilateralismo norteamericano sin armas con las que desafiar ese poder, como sucedió con la crisis de la guerra de Irak, en 2003, pese a las contradicciones internas provocadas por las zancadillas del inefable Aznar.

Entender las razones de la caída de una idea de éxito, como ésta, construida a partir de los rescoldos de la Segunda Guerra Mundial, y forjada con el trabajo de líderes y pueblos amenazados por el pánico de la amenaza nuclear durante la guerra fría es un ejercicio doloroso desde nuestra situación actual.

Hoy, mientras se hacen lecturas de todo tipo sobre la presión de la locomotora alemana en los vagones de cola de la UE y se pone el acento en la construcción de una unión de mercaderes en las que los estados siguen destejiendo lo que una burocracia cansina, pesada y caricaturizada por todos levanta con desgana, me asusta pensar que el modelo social europeo sólo fue un préstamo.

Un paréntesis histórico, limitado a un tiempo y una misión concreta.

Una concesión del capital global hacia un territorio devastado en 1945, pero que era necesario para frenar el poder de atracción del comunismo. Una visión atrayente para los ciudadanos, que limitase la expansión de los partidos comunistas, por entonces fuerza más votada en la Italia o la Francia de la posguerra. Todo ello a partir de un acuerdo no escrito entre socialdemocracia por un lado, y finanzas internacionales y partidos democristianos por otro. Así se orquestó un crecimiento económico definido como la edad de oro del capitalismo europeo, en el que las tasas de crecimiento fueron compatibles con el fortalecimiento del estado del bienestar. Un acuerdo que funcionó mientras hubo un enemigo común: el totalitarismo soviético.

Con la caída del muro, cuando ya no hubo enemigo al que combatir, el capital financiero terminó por hacer lo que de verdad ansiaba: buscar nuevos nichos de negocio en paraísos emergentes, sin pesadas restricciones laborales, medioambientales o fiscales, como las de una burocracia europea que, de repente, se presenta ante el mundo como algo viejo e innecesario. Que espanta al capital financiero y no es capaz de proveer beneficios sustanciosos.

Ahora, desde lo profundo de la crisis, con el desmantelamiento en marcha de un modelo que nos hizo sentir cobijados por el sistema,capaz de proveer sanidad, educación y pensiones universales, en una red de seguridad que garantizaba no dejar a nadie en el camino, se nos caen encima todas las certezas que creíamos tener.

Y se plantea la cuestión más relevante: ¿de verdad creíamos que el capital financiero iba a dejarnos europeizar el mundo? Muerta la amenaza, no hay razón que ampare el modelo.

De modo que nuestros días contemplan la extraña paradoja que nunca pudimos imaginar. En vez de europeizar China, estamos achinando Europa.

Y con la austeridad como coartada frente a un precipicio construido artificialmente.

Delante el abismo. Detrás, alguien que nos empuja con una mano y nos ofrece el consuelo de una falsa ayuda con la otra. La mano tendida que nos rescata a cambio de vivir malviviendo.

Para demostrarle al mundo que el modelo social europeo, simplemente fue. De  nosotros depende que vuelva a ser algún día.

 

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