RIVERA Y LA AZNARIDAD

El recuerdo de la Aznaridad me arranca en los años de crisis económica que siguen a los fastos del 92.

Me saben, politicamente aquéllos años, a enfado crónico en liderazgos emergentes que reniegan de las sonrisas. A regusto amargo por la inocencia robada a golpe de desencanto finisecular, empacho del relato beatífico de la Transición e incertidumbre en la izquierda desnortada tras la caída del Muro que anticipa el fin de la Historia.

Un tiempo que requería mala leche, porque la fiesta en política se había terminado y los jóvenes empezaban a migrar del idealismo estéril al realismo nihilista de la Ruta del Bakalao y su constelación de pastillas verdes, rojas y amarillas.

A Aznar y Anguita, los nuevos apóstoles de aquél tiempo, les une la pasión por el gesto adusto. Mola estar de mala leche y ser aguafiestas para reventar los mitos del socialismo crepuscular. Llegan a la España de la resaca olímpica con una ración de B12 en vena para despertarnos del coma etílico y gritar a los cuatro vientos que aquí no hay nada que celebrar. Lo que une el vello facial –mostacho y cejas pobladas, y barba califal- que no lo separe la ideología.

La piqueta se aplica con brío contra la obra del felipismo tardío, cincelada todavía en el magnetismo del carisma y un bel morir cargado de dulce derrota. Felipe cae con una risa póstuma, en forma de mayoría precaria de la aznaridad. Y eso tiene mérito, en un tiempo como aquél, en el que la sonrisa eterna de la socialdemocracia está proscrita por se cosa del diablo, como en los azares del envenenador dominico ciego de El nombre de la Rosa.

Los tipos duros no bailan, dice Norman Mailer. Y Aznar es uno de ellos. Representa el retorno de esa masculinidad que presume de ello. De que ni baila, ni puñetera falta que le hace para sujetar el poder tensando el gesto. Esa masculinidad cuartelera, provinciana y silenciosa, de las que crece en las 50 Vetustas de Clarín y que pueblan señores de orden que se visten por los pies, como Dios manda.

Entonces no lo intuimos, pero la Aznaridad terminaría subiendo los pies, con un par, a la mesita del café del tipo que juega con el botón nuclear y pasea siete portaaviones nucleares por los océanos.

¿Qué a qué huele la Aznaridad veintitantos años después?

Me huele a Albert Rivera.

No tanto por la estética sino por ese jenesisquoi que tienen los anarcoliberales cuando tienen que reprimir su verdadero yo en el armario de la corrección política del que se mueren por salir. Cuando al fin salgan, renegarán de sus veleidades socialdemócratas -exigencia del guion- y ladrarán la maldad del estado invasor que se atreve a multarnos por ir ciegos de vino por la carretera.

La aznaridad en Rivera vive en el populismo tributario de sus mensajes, cuando clama contra la larga mano del Leviatán-Estado aguijoneando los bolsillos de los españoles. A lo dicho en el Impuesto de Sucesiones nos remitimos.

Vive en la absolución con una mano de la derecha crepuscular madrileña y sus golferías. Mientras con la otra niega el pan y la sal a un tipo tan poco negable como Gabilondo. Aun a costa de darle un año a esa misma derecha para limpiar cajones, destruir discos duros y preparar una transición de pelillos a la mar y borrón y cuenta nueva.

Vive en el enfado perenne, impostado, con el que los mediocres creen adquirir hombría de estado a fuerza de mala leche apenas contenida y lenguaje conciso y un tanto tabernario.

Vive en las estridencias de la distorsión del pasado, alimentando el revisionismo histórico puesto en solfa por la escuela de Pio Moa para proyectar un relato que les haga ser el niño en el bautizo y el muerto en el entierro aunque no tengan vela ni él ni los suyos. Con esa doctrina, Clara Campoamor era de Ciudadanos antes de que existiera Ciudadanos, como Azaña fue del PP por obra y gracia de Aznar en su día.

Vive en la pasión por el lenguaje maniqueo, la exageración y el exabrupto. Porque…ay de aquél que coincide con los indepes;en el no al presupuesto, en el lado de la acera por el que camina o en el gusto infame por la pizza con piña. Porque aquél que así obra, no es más que otro golpista devorador de la patria.

Le pasa a Rivera como a la Amanda Gris de La flor de mi secreto, aquélla que queriendo escribir rosa, la novela le salía negra como el carbón. A Rivera, de tanto querer macronizar esta península del demonio, se le aznarizan gesto y retórica.

De nada sirve que las redes de captación recluten a golpe de nómina a talentos descreídos de la socialdemocracia. De nada sirve que la transversalidad urbanita recele de las Barbour de sus padres y de los cardados imposibles de las señoras de bien de toda la vida, y abracen el do it yourself, el emprendimiento digital, las charlas TED y la estética y gustos indie ma non troppo.

La aznaridad persiste, capaz de superar la barrera del tiempo. Y vive en la retórica de un Rivera que quisiera ser Macron y termina pareciéndose a un señor de Valladolid con bigote y muy mala uva.

Puede que no la vierais venir mientras, inocentemente, disertabais sobre slow food de diseño y menús de políticas a la carta, deliciosamente neutras; ideológicamente acrílicas.

Pero allí estaba el dinosaurio cuando despertasteis. En las estridencias y en el maniqueísmo. En la pose exagerada y en el afán de protagonismo desmedido. En los ataques a siniestra y la condescendencia obscena con la diestra.

En todo aquéllo que no visteis venir cuando el amanecer naranja nubló vuestros sentidos.

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