Ruido de tertulianos en la España del silencio

Viaje relámpago a España.

Allí, tras unas horas absorto en una catarata de emociones por volver a ver a viejos amigos y pasear por rincones aún presentes en la memoria y cargados de recuerdos, me llega el momento de poner los cinco sentidos en lo que veo a través de los medios de comunicación españoles, que tenía aparcados desde hace tanto tiempo, absorto como está uno con la BBC y la tarea constante de mejorar el inglés que me trae de cabeza.maruhenda-680x365

Dedico las sobremesas a ver las tertulias y a los tertulianos en acción. A decir verdad, sobremesas, aperitivo y cena. Que a todas horas hay sesión múltiple. Son los tertulianos las nuevas estrellas  de un debate político que es mera apariencia de tal. El tertuliano asume el papel que en otro tiempo le correspondió al primer espada en la política institucional, esa que naufraga en el desprestigio hasta el punto de ceder ante el empuje de los Pablo Iglesias, Marhuenda, Ignacio Escolar, Inda y un largo etcétera de voces que asumen la condición de portavoces no electos del alma política de esa España que prefiere escuchar a cualquiera hablar de política antes que a los propios políticos.

En medio del calor del debate, el tertuliano se exhibe con pulcritud o con tremendismo, buscando seducir a una audiencia que no tiene tiempo para el matiz ni para el análisis sosegado. Interiorizando las maldades de estos tiempos de 140 caracteres, se podría decir que lo que no cabe en el cuerpo de un tweet no merece ser dicho, si quiera por superfluo. Porque a nadie le interesa el rigor. No hay tiempo para tales florituras cuando lo que se busca el aplauso inmediato de una audiencia cansada de retahílas. Basta con el ruido.

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El ruido como metáfora de la sustitución impostada. Los platós sustituyen al parlamento. Los tertulianos a los políticos. La realidad de un país que cabe en un set de televisión por el que en las horas muertas de la tarde, la caridad televisada también sustituye a lo que un día fueron los servicios sociales.

Me vuelvo con amargura a la fría Inglaterra de cielos grises y sabor metálico en las calles. Al Londres vibrante y vigoroso que vive ajeno a las tragedias cotidianas de aquél sur que se despierta cada mañana con el ruido de las tertulias, que ahora llenan el silencio dejado por las fábricas que han ido cerrando y alimentan la conciencia política de un país que va prescindiendo de ella a fuerza de desencanto.

Imagino un futuro no muy lejano en el que a uno le preguntarán por la calle si es más de Marhuenda o de Escolar, del Wyoming o de los de Intereconomía, y no si es socialista o del PP, como antaño se estilaba. Son los guardianes del ruido, los replicantes de un Blade Runner cañí, en el que todo lo que era sólido, parafraseando a Muñoz Molina, cedió ante el empuje de una realidad que nunca pudimos prever.

Ya lo decía Sabina.

Ruido de abogados

Ruido compartido

Ruido envenenado

Demasiado ruido.

 

 

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