A estas horas, cuando leas esto, querido compañero, estarás todavía en el acto de clausura del 39 Congreso Federal del PSOE. O quizás en el coche, el tren o el autobús de vuelta que te lleva a casa después de un fin de semana en el que, después de aquél infausto Comité Federal que expuso nuestras verguenzas en toda España, en abierto y sin filtros, muchos piensan que volvemos a la casilla de salida.

Entiendo que tu ánimo en el camino de vuelta al hogar dependerá del bando por el que tomaste partido en la refriega. 

Si eres de los perdedores en todo caso, el trago habrá sido amargo en este fin de semana. Mucho más de lo que pudiste prever cuando apuntaste tu nombre y tu capital por una opción que, contra todo pronóstico, terminó perdiendo.

Tú, que nunca erraste en los vaticinios. Que siempre supiste colocarte a la sombra del triunfo emergente. Que con sólo humedecer el índice y levantarlo al cielo, podías captar la dirección cambiante del viento y anticipar tormentas donde otros no veían más que un cielo raso. Tú, que ligaste tu futuro y tu porvenir al de la alternativa que te dictaba la lógica, la costumbre, el hábito.

No supiste ver la embestida hasta que tenías encima el morlaco al que habías dado por manso. Ahora te llega la derrota. El baldón de “crítico” que nunca imaginaste vestir; si acaso en el retiro insolente de la jubilación por cuestiones generacionales, pero nunca en la plenitud de una carrera que ahora ves ante el abismo de la incertidumbre. Ese sabor amargo que se acuna en la cara inferior de la lengua, en las esquinas, al roce con los molares inferiores, es el de la derrota que siempre viste en las caras de otros.

Aún es pronto. Pero quizás, en el futuro, te sirva para empatizar con los sueños rotos de tantos otros en los que viste ese gesto perdido, ese escaño vacío que ahora los tuyos abandonan prematuramente para no ver la entronización del líder. O quizás no. Probablemente harás carrera del dolor y entregarás los oídos a los conspiradores que buscan levantar ejércitos para vencer a César en el campo de batalla. Algo que, con tu inteligencia, se te antoja imposible en este momento, no nos engañemos.

Hace más de nueve meses de aquél día en el que todo empezó. Lo que intentaste parar en aquél comité, con las dimisiones en cadena, no ha resultado ser más que un aplazamiento de lo inevitable. La coronación llegó de todos modos, algo que quisiste evitar con el relato del Congreso exprés y la Gestora de surrealista desempeño. Con la excusa de aquélla ponencia que hoy duerme el sueño de los justos y que formaba parte del guión del “rearme ideológico” y del “ahora toca hablar de ideas y luego de personas”.

Cuando la adivina le dijo a César aquello de “guárdate de los Idus de Marzo”, no alcanzó a entender que en las escaleras de acceso al Senado quedaba un cuerpo herido pero no muerto. Será que Bruto no hundió con suficiente fuerza el puñal, o que los conspiradores no encontraron al general brioso capaz de arrancar de la masa de Roma el recuerdo de su líder.

Al final, quien lo iba a decir, tenía razón aquél que dijo lo del golpe de los sargentos chusqueros. Y no porque los partícipes de la conspiración lo fueran. Sino porque no tenían ente los suyos a un líder con empaque que hiciera olvidar a las bases el recuerdo de César. Lo quisieron crear apelando a los “dioses del socialismo”, como aquél que rescató los mandamientos de Belmonte, aplicados a la nueva socialdemocracia. Parar, mandar y templar.

La masa de la que tanto desconfiaste en asambleas de rebeldes no se dejó parar en la lidia. No había matador o matadora capaz de frenar el brío de una res herida a la que creíste poder lidiar como te habían enseñado los mayores.

Te faltó relato, amigo y compañero. Desde el momento inicial, cuando secundarios de poco lustre se proclamaron “única autoridad”  o incluso alguno de los bendecidos para la puesta en escena de la aspirante largamente deseada improvisó un discurso tras el que había un curriculum falso y una carrera no terminada.

Ahora echas la vista atrás, y mientras te acodas en la ventanilla del asiento trasero del coche en el que viajas de vuelta al hogar, repasas mentalmente los errores cometidos desde el principio. No tanto el posicionamiento, al que en muchos casos el cargo que ocupas en la administración o en el partido, te obligaba. Sino la excesiva exposición en una causa que no era tan clara como te hicieron ver los que te embarcaron en la aventura.

Debajo de los adoquines no había una playa. Ni siquiera había adoquines que levantar contra una autoridad descrita como bonapartista, que buscaba, según el relato, perpetuarse por la vía de los hechos y contra la razón y la lógica, como te hicieron ver.

El relato que triunfó desde el primer momento fue el de un secretario general desposeído a las bravas, desautorizado de malas maneras. Al que le negaron la tregua electoral en los días previos a aquéllas elecciones autonómicas vascas y gallegas, estrategicamente intercaladas para servir como el detonante de la asonada. Te confieso que nunca había visto a un líder propio mancillar ese pacto escrito, según el cual en campaña no hay discrepancias internas. Y cuando vi las entrevistas en medios deseosos de alimentar el conflicto, entendí que la operación era imparable, y que nada bueno había tras ella si se sacrificaban las expectativas de compañeros de partido en esos territorios en el altar del bien supremo.

Suena machaconamente el Sweet Child O Mine de Guns N Roses en el momento en que el líder imposible, el líder dado por muerto, sube al escenario a recoger los laureles perdidos.  Y los trallazos de la guitarra de Slash se clavan como espinas en la coronación del hombre al que creíste moribundo en las escalinatas del Senado de la calle Ferraz.

“Where do we go, where do we go now, sweet child o mine”. Adonde vamos, adonde vamos ahora, dulce niña mía”, dice la letra de la canción que suena mientras Sánchez recoge la ovación del auditorio.

De momento vuelves a casa. A la segura trinchera del hogar en el que poner en práctica el enroque y la defensa en erizo si se tercia. Pero no te engañas a ti mismo. Cuenta la historia que Napoleón, recién llegado a París después de la masacre de Waterloo, le confesó animoso a los suyos que pensaba levantar un nuevo ejército y volver a la batalla. Davout y el parlamento le persuadieron de lo contrario. De que no  tenía sentido  una nueva guerra. Y aunque su hermano le animó a disolver las cámaras para que se “atreviese” a gobernar con una dictadura, el corso lo contestó: “ya me he atrevido bastante en mi vida”.

Sabes que no hay moral de combate. Y que las huestes andan recolocándose en socorro del vencedor.

Mañana, cuando tengas la mente más despejada, piensa en ello. Y no olvides nunca lo más importante.

Lo que tú estás viviendo ahora ya lo han sufrido muchos otros en el pasado.

Y aunque te cueste creerlo, la vida sigue.

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