SE LLAMA REMORDIMIENTO

No hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca, jamás  sucedió.

Lo cantaba Sabina “Con la frente marchita”, mientras sentados en corro, merendábamos besos y porros, como dice la letra más hermosa que jamás escribió este trovador.

Tengo la pena del ausente que acumula derrotas en tres días. Primero en mi país de acogida, en el que el internacionalismo cosmopolita del que me hice militante devoto, retrocede por obra y gracia de los espantajos del miedo nacional, fronterizo y populista.

Y ahora España, donde el dragón moribundo aprovechó nuestras divagaciones ante su cuerpo presente que creíamos exánime, para lanzarnos una llamarada postrera, retardada seis meses, que calcina los cimientos de la esperanza del cambio que merecía y ansiaba tanta gente.

Resulta tentador apelar a la nostalgia de lo que nunca sucedió para imaginar cómo hubiera sido nuestra vida, ahora y en los próximos cuatro años. Pero como dice Sabina, es una nostalgia perversa y dañina, inventada, ficticia. Un  tormento que nos quema en el bajo vientre, cuando queremos cerrar los ojos y entregarnos al sueño en la soledad de la almohada, justo en el momento en que, pobres de nosotros, intentamos engañar a la noche queriendo elegir el recuerdo amable que nos ayude a conciliar el sueño y a esquivar la pesadilla que sabemos nos aguarda.

Y aun haciéndolo, como en el cuento de Monterroso, aún cayendo en la neutra ataraxia del que pone la mente en blanco, el dinosaurio es real, estaba allí, y nos espera al despertar, tan pronto como la luz inunde la estancia para enfrentarnos a la comezón de tripas que arranca en medio de la sequedad de la garganta con el alba perezosa por testigo, preludio de un sentimiento al que no alcanzo a poner nombre.

No fuimos capaces de encontrar un hombre justo hace seis meses en Gomorra, la ciudad del pecado, renuente y cobarde ante la corrupción y la miseria moral, que ahora se revuelve traicionera y desafía a un Dios capado, que iba de farol porque no ha cumplido con su amenaza de arrasarla hasta los cimientos. Miramos atrás en la huida del exilio que más de uno imagina a estas horas, desafiantes a ese mismo Dios al que invitamos a convertirnos en estatua de sal por volver los ojos a aquél diciembre fugaz que se nos escapó entre los dedos. Prefiero ser sal, se dice alguno, antes que carne de cañón en los cuatro años que aguardan. Así que dejadme mirar atrás. Y ni para eso tiene fuerza ese Dios de chichinabo.

Dijeron que no eran todo lo puros que el país requería.

Que traicionaban las esencias de una izquierda de virtud, manchando nuestros pendones, ya de por sí raídos y deshilachados, con una derecha travestida de modernidad decente, naranja y falsamente presentable. Dijeron, dirán, que el cambio no podía ser cosmético.

Que la revolución o era transformadora de raíz o no pasaba de componenda entre figurantes de segunda.

Que la izquierda y la derecha, lejos de ser parte de un lenguaje amortizado por la historia, estaban tan vivas como en los tiempos de la Revolución Francesa que los vio nacer hace dos siglos y pico y que lo de arriba y abajo, lo del ellos y nosotros, no fue más que una retirada táctica para que la carga de la caballería del todos a una hiciera flamear las banderas rojas en el momento preciso.

La garganta sigue áspera a estas horas. Ni el tránsito del café de la mañana rompe la viscosa querencia de la lengua a quedarse adherida al paladar. Cómo llamar, como nombrar esta quemazón

Habrá que enfrentarse al trance del espejo y mirarnos en el abismo del reflejo, que nos devuelve el retrato de la culpa o algún sentimiento al que no alcanzo a poner nombre. O aún peor, de la duda si asumir la culpa porque aún en la derrota, apuremos el cáliz de la responsabilidad ajena, de esa izquierda falsa de pendones deshilachados que ni era izquierda ni era nada, con la que no se podía pactar ni una miserable abstención que ahora le mendigaremos a cualquier otro para evitar lo inevitable.

Todavía no alcanzo a poner nombre a este sentimiento que me ahoga en saliva seca.

Maldita sea, entre tanto, esta Gomorra de pagos en B, donde la gente, mucha de ella, prefiere elegir ladrones conocidos que pontificar santurrones de la utopía de lo ignoto. Maldita España analógica, pueblerina, interior, que no entiende de redes sociales, que planta alcachofas en rincones remotos de una geografía de la que sólo tenemos noción a fuerza de escapadas rurales con encanto, para merendar besos y porros en tardes de otoños de berreas, escalada y encuentro fugaz con la naturaleza.

La España que negamos porque su nombre envenena nuestros sueños. Pero la España que, a fin de cuentas, pone y quita presidentes. Porque España es y será eternamente provinciana, y por eso fallan los algoritmos de nuestras hojas de cálculo, flamantes probetas de ensayo de la facultad de políticas. Por eso y porque las ciencias sociales son más sociales y menos ciencias que las matemáticas inventadas sobre cuentos de la lechera, esas sobre las que algún sabio advertía de que hay sumas que restan.

Ahora, aunque Sabina me diga que banderas de la patria de la primavera vienen a decirme que existe el olvido, me cuesta pensar en ese venturoso cáliz que aliviara la sequedad de mi boca; el de un olvido que ahogue el arrepentimiento. Ya no habrá besos y porros para la merienda, como en la primera estrofa de la canción de Sabina.

Sólo dinosaurios y monstruos de la nostalgia de lo que jamás sucedió porque cambiamos la melancolía del invierno por la promesa de un verano que nunca trajo luz. Y que no la traerá hasta el año 2020.

Remordimiento. Ese era su nombre.

 

 

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