Seamos osados de una puñetera vez. Sí a las primarias ciudadanas.

Vivimos territorios inexplorados, y no sólo en la economía, para todos aquéllos con los arrestos suficientes como para adentrarse en ellos y hacer pronósticos y vaticinios de futuro.

Son territorios inexplorados, distintos a todo lo que ya se haya vivido con antelación. No estamos pues, en mi opinión, en uno de esos momentos históricos en los que el olfato político, la experiencia acrisolada en mil batallas o el lucimiento de medallas de antiguas victorias pueda garantizar nada, especialmente en lo referido al futuro de la izquierda en general y del PSOE en particular.

Del Congreso de Sevilla salimos los socialistas convencidos de que entregábamos el mando a un líder para tiempos difíciles, para administrar la famosa travesía del desierto en la que se adentraba un partido que cosechaba su peor resultado electoral en democracia y privado de sus resortes territoriales de poder, excepción hecha de Andalucía.

Y el caso es que, incluso en las travesías del desierto, por árido que sea el trayecto a recorrer bajo una solanera implacable, existe la certeza, si acaso guiándose por las estrellas, de que existe un punto de llegada, un destino final en el que, con renovadas fuerzas, volveremos a plantar cara. En el desierto, lo peor que le puede pasar al viajero es que pierda esa referencia física y termine caminando en círculo, dejándose las pocas fuerzas que le quedan en el camino.

Temo, sinceramente, que quien está tirando del carro en medio de la travesía acabe recurriendo al guión y al olfato de los oráculos de siempre, buscando en los manuales del pasado una hoja de ruta que le permita encontrar de nuevo el norte. Un guión que habla de apoyos en la sombra, de impulsores entre bastidores y de controladores de agrupaciones para conseguir encumbrar por aclamación a un candidato a la presidencia del gobierno que previamente haya sido aclamado como nuevo secretario general del partido en un congreso extraordinario celebrado después del previsible batacazo de las europeas de 2014.

Los últimos movimientos de Patxi López apuntan en esa dirección y revelan, de forma dramática que como partido no somos capaces de articular una bicefalia política –candidato a la presidencia del gobierno y secretario general del partido- perfectamente razonable en un escenario en el que la concentración de poder orgánico sigue matando lentamente cualquier indicio de regeneración interna en el partido y nos enfrenta a la contradicción de querer ser el partido de la gente, pero sin la gente.

Mi opinión al respecto es que no puede haber más componendas. Ni más artimañas tácticas pensadas para despistar al adversario, más que nada porque con ellas se está despistando más a la propia militancia, la que tiene carnet y la que no lo tiene. Para derrotar al adversario uno tiene que estar seguro de contar con la fuerza necesaria en la propia casa. Y para conseguir esa fuerza moral, se tienen que cumplir los compromisos adquiridos sin más tácticas de mesa camilla y reuniones en la sombra para sumar apoyos que conduzcan a las ya consabidas prácticas de los hechos consumados.

No es un hecho consumado que dentro de un año Patxi López vaya a ser candidato a la presidencia del gobierno por aclamación, previo paso por un congreso extraordinario que le entregue el poder orgánico del partido para tal fin.

No es un hecho consumado que el liderazgo político surja de la concertación de barones sin baronías que exhiban títulos, credenciales y delegados que resuenan absolutamente caducos en el mundo de hoy.

Hablar de primarias es hablar de libertad. Y si nos equivocamos a la hora abrir este debate, ya sea porque indirectamente beneficiamos al PP  en las encuestas o porque desviamos la atención de otras cosas, debería ser accesorio. Lo importante es que hay una generación entera que debe ser protagonista de su tiempo. Y que tiene no sólo el derecho, sino la obligación de poder equivocarse.

La libertad se practica con la palabra. El famoso “ahora no toca” es patrimonio de las dictaduras y los enemigos de la libertad.

La generación de Suresnes dejó huella en este partido. Para bien, porque cambió para siempre el modo en que el socialismo tenía que enfrentarse al tardofranquismo y administrar su llegada al poder de la mano de líderes extraordinarios como Felipe González, pero también para mal. Porque sembró la semilla de intérpretes y hacedores de estatutos, expertos en manejar tiempos y diseñadores de estrategias en la sombra que nos ponen ante el espejo de la contradicción.

No hay expertos en crisis políticas y económicas como las que estamos atravesando. Hasta los sabios, lo son fundamentalmente de su tiempo. Lo que está ocurriendo en el seno del PSOE es que se está administrando un supuesto tiempo nuevo con los mismos instrumentos, dialéctica y herramientas de siempre.

La cámara sigue apuntando al mismo objetivo, pero es la sociedad la que se mueve y pide cambios, también dentro de los partidos. Por eso la fotografía nos sale desenfocada.

Se puede ser un déspota sin ser ilustrado. Pero no se puede ser ilustrado desde el despotismo, mucho menos apelando a la izquierda.

Seamos osados de una puñetera vez, maldita sea.

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