Siria y la indiferencia. Una reflexión politicamente incorrecta (desde la izquierda).

De Siria nos separan cinco horas de avión, menos de las que un yanqui emplea en volar de una punta a otra de su país. En medio, el Mediterráneo que nos une en una historia común de pueblos y civilizaciones que encontraron en estas aguas el vehículo de propagación de imperios, comercio, religiones, ciencia, cultura y vorágine.

Al otro extremo de este mar se está librando la última guerra civil conocida, la que se engendró a partir de una revuelta que surge como extensión de la Primavera Árabe, a comienzos de 2011 y que se ha cobrado ya cerca de 100.000 víctimas. En términos relativos, esa cifra supone un genocidio, una catástrofe humanitaria sin precedentes, en tiempos en que las guerras modernas arrojan un número relativamente bajo de víctimas si se compara con otros periodos de la historia.

A nuestras casas llegan periódicos ecos de un conflicto en el que las portadas se las llevan actos truculentos e imágenes sanguinarias que sintentizan lo peor de la generación youtube, la del morbo que mide lo noticiable en tweets de 140 letras y que se ha inmunizado al calor de Walking deads o Saws de todo pelaje.mujer-siria-afp

Es la simplificación del absurdo, la excusa para no pensar demasiado con conflictos ajenos, máxime teniendo como tenemos el patio revuelto en casa de cada cuál, como si lo que pasa en esos lugares remotos no mereciera más que cuatro reflexiones apocadas y 30 segundos en el telediario de turno.

Personalmente, me duele más la inacción que la indiferencia. Asumir que a la gente de a pie le importa un bledo todo lo que no tenga que ver con el Euribor, la subida del IVA o la revisión de las cláusulas suelo de la hipoteca va en el haber de una generación en la que ya no hay espacio para el idealismo o el compromiso que trascienda la satisfacción puntual, preferiblemente navideña, de colaborar con una organización humanitaria en la compra de mantas para los refugiados del conflicto o las víctimas de un huracán en Centroamérica.

Pero a un servidor lo que le pasa es que siempre que ha enfocado con las luces largas conflictos como el que ahora se libra en Siria, lo hace con un ojo puesto en el pasado. Y a mí me resulta imposible abandonarme a una reflexión que excluya acontecimientos históricos de un pasado que, por radicalmente diversos que sean en su génesis y desarrollo, encuentran paralelismos dolorosos en lo que ahora acontece en ese país martirizado por las bombas.

En Siria se están empleando armas químicas. Se masacra a población civil de forma indiscriminada, utilizando artillería pesada y aviación contra el centro de núcleos urbanos densamente poblados. Como en toda guerra civil, nadie está libre de ser acusado de la comisión de atrocidades. En ambos bandos se está blandiendo la espada con saña, de forma despiadada y con la estética y puesta en escena  del terrorismo más sanguinario. Y en ninguno de los bandos se puede apelar a la retórica de «buenos y malos» para hacer más digerible el trago de una posible intervención militar internacional para detener la masacre.

Y mientras, la parsimonia de Occidente, afectada por el rechazo visceral de sus sociedades a la guerra, se tapa los ojos y adopta la peor solución: no hacer nada. Una reedición de los oprobiosos Comités de No intervención que a lo largo de la historia pretendieron aislar el fuego entre cuatro fronteras, para que las llamas lo consumieran todo dentro de un perímetro acotado,  en lugar de ayudar a su extinción.

Desde un punto de vista ideológico, el rechazo a la guerra y a toda su retórica encuentra lógico acomodo en la izquierda, pero también en una derecha aislacionista que se resiste a las aventuras cuando no hay recursos ni ganancias materiales en el corto plazo.

Pero en algún momento alguien tendrá que romper la coraza de indiferencia que se extiende por un país martirizado en silencio mientras en la otra orilla del Mediterráneo fingimos que no pasa nada.

Tomar partido en una guerra civil obliga a abdicar de las sutilezas morales que entrega la neutralidad. Como hicimos en Yugoslavia durante tantos años, por cierto. Pero en algún momento habrá que hacerlo, sobretodo si mediante la fuerza se impone un alto el fuego que alguna de las partes se niega a respetar. Dejar que la guerra en Siria se consuma en un perímetro de seguridad, en un cordón sanitario deliberadamente acotado, tiene sus riesgos, sobretodo por la entidad y los peligros potenciales que supone tener como testigos inmediatos del incendio desatado delante de sus narices a Israel, Irak, Turquía, Líbano y Jordania.

Humanamente rechazo la guerra y abomino del uso de la fuerza  en toda circunstancia. Pero algo habrá que hacer para detener una matanza que sólo vuelve a preocuparnos cuando nos amarga la sobremesa con las imágenes truculentas de un baño de sangre que nuestros ojos se resisten a ignorar.

Y en ese “algo”, apelo al recuerdo histórico de otras guerras civiles, mucho más cercanas en nuestro corazón y experiencia propia, para levantar la venda de la cómoda neutralidad y tomar partido de una vez.

No hacer nada, dejar que la guerra civil se perpetúe o se convierta en crónica, como en Líbano, constituye el triunfo de una indiferencia que no vamos a mitigar por el hecho de mandar 50 euros a Médicos sin fronteras para que siga con su impagable tarea en los campos de refugiados en Turquía, que ya albergan a un millón de seres humanos.

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