Suárez y el dulce encanto de la derrota

Dejó escrito Machado aquéllo de «españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, porque una de las dos Españas habrá de helarte el corazón».

Había entonces, como decía el resto del poema, una España que moría y otra que bostezaba. Es la España de nuestros abuelos, pero perfectamente podría serlo la España de sus nietos, de esa España que asiste indignada y a ratos vencida por la indolencia, a la miseria del paro, la corrupción y el inmovilismo.

Esa España de puertas giratorias entre política y consejos de administración, de encumbramiento de medianías y medios que camuflan manifestaciones con obscenidad.

Esa España vencida en la rutina de las consignas inmutables, que reniega de la reflexión a cambio de un debate mal llamado político y, por sectario, incapaz de reconocer los matices del cambio en un mundo que se nos está escapando de las manos. Como tantas otras veces en nuestra historia.

Hace unos años, pude conocer a Fernando García de Cortázar, historiador significado, de muchos de cuyos pareceres recientes discrepo. Le recuerdo disertando sobre un libro que había escrito recientemente, «Perdedores de la historia de España».

Y, maldita sea, que me dio por pensar que en este país hemos hecho un arte de la pérdida y la derrota. Como si guardásemos un arrebato innato de admiración romántica por esa figura literaria que Reverte inmortalizó en su Alatriste, especialmente en el elogio morti de la despedida.

Qué faltos andamos de vencedores de la historia, pensé aquél día. Y se lo dije en el coloquio a García de Cortázar. Torrijos, Jovellanos, Goya, Lorca, Azaña… figuras de la política, el arte y el pensamiento que acabaron o en el paredón o en el exilio, a lo sumo con ese reconocimiento tardío y una reivindicación condescendiente, asumiendo que el paso del tiempo nos reivindica y nos iguala, como una invisible hoja de lija que fulmina las asperezas del recuerdo.

A fe que resulta fácil escribir una historia de perdedores de la historia de España. Porque en este país no fuimos capaces nunca de acordar ni un imaginario común de vencedores. No tenemos Panteón, ni Westminster, ni última morada de figuras ilustres que puedan ser reivindicadas por todos a un tiempo. A lo máximo que aspiramos es al reconocimiento en el tránsito a la muerte, cuando ya no se atisba el daño a nadie en vida.

Ayer murió Suárez. Llegaron los panegíricos y las glosas. También las visiones críticas -alguna he leído- que nos harán debatir una y otra vez sobre si merece la pena asumir el padrinazgo colectivo del primer presidente de la democracia restaurada en España.

Yo opino que sí. Nadie es puro. Nadie tiene inmaculada la hoja de servicios en una vida que da para mucho. Por supuesto que llevó camisa azul. Que fue un hombre del régimen, un arribista poco letrado que hizo carrera a base de encanto y oportunismo.

Pero al menos, para quien esto escribe, merece estar en ese imaginario de vencedores colectivos de la historia de España. Será que me hago mayor, pero no creo que en ciertas coyunturas se puedan hacer tránsitos de régimen sin derramamiento de sangre. La Transición tiene y tuvo muchos claroscuros. Y no fue pacífica, porque hubo mucha sangre.

Pero era, a mi modo de ver, lo que se podía hacer en aquél campo sembrado de minas que bien podía haber terminado en una guerra a la yugoslava.

Por eso me resisto a ver en Suárez a un perdedor, a un hombre solitario y traicionado que terminó perdido en el limbo cruel del alzheimer que devora los recuerdos. A un hombre que inspire lástima, condescendencia y pena.

Es un vencedor de la historia de España, en tanto en cuanto toda España asuma su legado sin revanchismo cainita y apego a la apropiación indebida de quienes son héroes colectivos.

Y si hoy, cuarenta años después, alzamos la voz contra la indignidad y las estructuras desvencijadas de la Transición inmutada, no es porque reneguemos de su legado en aquél tiempo. Es porque mi generación, y la suya todavía en la tramoya moviendo hilos, se ha negado a seguir por la senda del cambio necesario para que un sistema perdure.

Somos nosotros, los hijos de la Transición, los que hemos fallado a la hora de adaptar lo que otros idearon bajo el filo de las bayonetas y el ruido de sables.

A nosotros no nos debería asustar tal ruido, porque hace tiempo que los cuarteles dejaron de inspirar miedo.

Nos debe asustar la indolente placidez de quien no se mueve para evitar salir de la foto.

Y así seguimos. Haciendo fotos del mismo momento histórico mientras el mundo cambia a nuestra alrededor y España se enroca en el continuismo bajo el falso argumento de la estabilidad.

Somos la España del bostezo resignado en medio de esporádicos chispazos de dignidad colectiva.

PD.- En mi pueblo, La Roda, se sigue honrando la memoria de José Antonio en un colegio público. Hasta para eso falta valor. Para honrar, en su lugar,  a un presidente de la democracia poniendo su nombre a una escuela pública. A ver si alguien lo escucha. Aunque no tengo ninguna fe.

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