SUELAS DE PLOMO

Napoleón quería generales con suerte.

Pensaba, con razón, que sólo con el talento no se conquistaban imperios. Que hacía falta algo más que maestría en táctica para envolver flancos y usar con genio la artillería en el campo de batalla. Y ese algo era la suerte.

El mérito no lo es todo. Y más si éste se construye sobre impolutas hojas de servicios que, lo único que delatan, es la diferencia en el punto de partida en la vida.

Uno de los grandes mantras socialdemócratas –la cuna de las desigualdades es la desigualdad en la cuna- sintetiza mejor que ninguna otra sesuda reflexión la predisposición con la que algunos parten en la carrera vital para conquistar los puestos reservados a los mejores.

Cuenta el mérito, indudablemente, pero no tanto como la agenda de contactos de la familia, las conexiones personales o el circuito de conocidos en el que se mueve el apellido con el que cada ser humano viene a este mundo.

No se trata, por tanto, de impugnar la excelencia del sacrificado opositor que conquista el puesto a fuerza de codos. Ni de cuestionar el éxito en la carrera profesional que se labra a base de esfuerzo, dedicación y voluntad.

Se trata de admitir que la voluntad no todo lo puede. Que por mucho que la excepción ofrezca ejemplos encomiables de triunfadores –Amancio Ortega vendiendo camisas en un pequeño taller de La Coruña, Bill Gates jugando con microchips en un garaje o Steven Jobs haciendo lo propio en pequeños laboratorios improvisados- la evidencia empírica demuestra que muchos y muy buenos –la mayoría- se quedan por el camino, por mucho trabajo duro que exhiban y talento nunca descubierto que atesoren.

Es algo parecido a la paradoja de los zapatos marrones en la City londinense. Ya saben; la historia del aspirante a consultor junior en una firma cualquiera de ese templo del capitalismo sin escrúpulos, al que el encargado de llevar la entrevista de trabajo rechaza sólo porque la elección del calzado y el tiro del traje barato evidencian de forma inequívoca el origen humilde del aspirante. Más que humilde, el de un tipo sin ese jenesequoi que otorga el haberse codeado desde párvulos con gente guapa.

A mí no me engañas, parece decirle el entrevistador al aspirante, empeñado en disfrazar sus orígenes de extrarradio, que levantó su carrera con el sistema británico –poco generoso- de becas, y poniendo cafés en un Starbucks los fines de semana en un part time job. Tus zapatos marrones o lo común de tus apellidos y apariencia te delatan como el secundario anodino condenado, a lo sumo, a tirar del carrito de la compra en el video clip de Common People de Pulp.

En España, un crío de una familia pobre tiene siete veces más opciones de repetir curso que un niño con las necesidades bien satisfechas. ¿Es acaso siete veces más tonto?

Si buscan respuestas a esta pregunta provocadora, puede que las encuentren en el código postal y en los ingresos de la familia más que en la capacidad cognitiva del chaval.

Porque para él no hubo profesores de apoyo ni refuerzo, ni una madre con tiempo para echar un cable con los deberes. Sí hubo ruido, grito, padre con aliento a alcohol a la cena, puede que hasta palos, apreturas y llantos en casa. Sí hubo tragedias familiares, paro sobrevenido, incentivos para mandarlo todo al carajo.

Hubo una niñez mutilada por el infortunio, y una adolescencia prematura que mató la imaginación de la infancia perdida demasiado pronto.

Son cosas que influyen, por ejemplo, en la tasa de abandono escolar temprano, que en España duplica a la media europea.

Puede que contra todo pronóstico, el crío tire para adelante; que tenga la suficiente capacidad como para abstraerse de las miserias cotidianas; que sea capaz de llenar su expediente de notas con calificaciones brillantes; que esquive las tentaciones y los bajonazos de la vida.

De poco servirá porque tarde o temprano, en el proceso de selección, siempre se termina cruzando con el tipo que hace la primera criba en función del color de los zapatos que le delata como alguien ajeno a la élite.

Es la suerte.

La jodida suerte –buena o mala- de nacer en una u otra familia, la que va a condicionar el futuro de un chaval al que el filtro último se lo va a poner el clasismo de una sociedad que sigue juzgando en función de lo que el outfit o el peinado dice de tu vida. De las cicatrices invisibles que sólo captan la mirada entrenada de gentes como el detective al que interpreta Mark Wahlberg en Infiltrados de Scorsese, capaz de detectar a la legua a impostores que disfrazan el acento –si del sur o del norte de Boston- para ocultar un origen humilde y engañar el radar afilado del reclutador.

Si esto ocurre en un país como Reino Unido, en el que seis de cada diez ciudadanos piensan que quien es rico lo es porque lo merece, por su trabajo duro en la vida, imaginen el escenario en el nuestro, en el que sólo dos cada diez españoles piensan que los ricos de aquí lo son por sus méritos más que por su apellido, sus contactos y su cuna.

Ser pobre en España, más que un arte -como contaba Pérez Reverte en su Alatriste- es una putada que se hereda de generación en generación. Una condena contra la que el mérito no garantiza la redención. Una condena en la que el triunfo contra pronóstico, es una excepción convenientemente magnificada por unos pocos vendedores de humo.

Ese es el verdadero drama de esta España de capitalismo castizo y contactos.

Que los nuestros no es que lleven zapatos marrones; es que compiten con losas de plomo en las suelas.

Por eso Napoleón los quería con suerte.

Porque no hay mayor suerte que la de haber caído de pie en la vida.

 

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