SUSANA DIAZ Y EL ELEFANTE DE LAKOFF

Hace unos años un experto en comunicación cognitiva de nombre Lakoff publicó No pienses en un elefante, un libro que se convirtió en pieza de referencia obligada para la izquierda derrotada, no sólo allí en la Norteamérica de Bush, sino también en Europa, donde la socialdemocracia cedía terreno a pasos agigantados en sus antaño feudos dorados de Francia, Alemania o Italia.

El autor partía de la evidencia de que los neoconservadores estaban ganando la batalla del lenguaje conceptual y los marcos de referencia. Simplificando, que términos como orden, ley o incluso libertad estaban ocupados por una nueva derecha que había desplazado de los mismos a las fuerzas progresistas, forzadas a ir a la contra. Por poner un ejemplo plenamente español, es lo que Aznar pretendió y casi consiguió con el uso y abuso del término «Constitución». ¿Se acuerdan de aquéllo?.

Lakoff aludía al elefante, símbolo presente en el anagrama del Partido Republicano. Un partido que había encontrado en ese ejercicio de colonización de los conceptos el terreno abonado para conquistar la supremacía en el lenguaje y, de paso, mandar a la orfandad conceptual al entonces desnortado Partido Demócrata, obsesionado  y frustrado con el elefante en términos simbólicos.

La tontuna de mirar a los americanos y sus campañas como fuente de innovación se nos ha ido disipando a raíz de las últimas elecciones y el triunfo de Trump. Pero hubo un tiempo, diez años atrás, en que todos en Europa vivíamos intensamente la búsqueda de una respuesta a la hegemonía republicana del mediocre y odioso Bush casi como si estuviéramos eligiendo a nuestro propio alcalde.

Tanto que, cuando ya veíamos la luz al final del túnel -a ese lado del océano- de la mano de Obama, el partido mandó algunos «expertos» a estudiar aquéllas campañas en las que se empezaba a usar con profusión una herramienta entonces minoritaria a este lado del Atlántico llamada Facebook. En nuestra fascinación por el efecto Obama, incluso copiamos los carteles electorales de la funesta campaña de las autonómicas de 2011, aquéllos en los que la cara de nuestro candidato, el entonces presidente Barreda, apenas quedaba iluminada sobre un tétrico fondo negro que algún genio había visto como innovadora en Nueva York.

De poco sirvió que algunos dijéramos que Nueva York no era Tembleque. Y aunque se rectificase sobre la marcha y en mitad de la campaña alguien mandara cambiar el negro fondo sombrío por un banco más optimista y nuclear, lo cierto es que el daño ya estaba hecho.

Estos días me he acordado del famoso libro de Lakoff, no sólo por la irrupción del bufón Trump en la Casa Blanca, sino por esa especie de campaña informal que se ha abierto en el seno del PSOE para alcanzar la secretaría general. Un cargo que, por si alguien no se ha dado por aludido, está vacante sine die a la espera de que la mar gruesa cambie a marejadilla  de acuerdo a lo que los sabios consideran mejor para el partido.

No me quiero perder en disquisiciones sobre si esta versión milenial de ilustrado despotismo es o no justificación suficiente para torcer con tanto empeño las reglas de un partido que justifica la turbulencia en este particular estado de excepción, conmoción y emergencia que vive. De si la gestora tiene credenciales suficientes para prorrogarse en el vacío de poder hasta que la marea haya cambiado del todo.

Prefiero centrarme en la campaña informal para un congreso que aún no tiene fecha. Aquí el elefante es el poder. En el PSOE, es la secretaría general, pieza codiciada por contendientes que afirman no haber «dado el paso al frente» -joder, qué mal me suena esta expresión-, pero que estarán «donde se lo pida el partido». Contendientes que llenan su agenda de hitos que refuerzan su perfil de estadista a la hora de dar dicho paso, entre otras cosas porque llegado el momento, el partido se lo pida.

El problema de esta estrategia es que no sorprende.

Omitiendo al elefante, repitiendo constantemente que las visitas a Bruselas o los actos en Madrid no deben ser entendidos en clave interna, sino como parte de una agenda institucional lógica en un presidente autonómico, se invoca con mucha más fuerza la imagen del cargo en el que se intenta no pensar y que se pretende esconder del escrutinio público.

Y un elefante es un mamífero que ni el mismo Houdini podría camuflar con garantías de éxito.

Poco importa que a estas alturas Susana Díaz niegue que su agenda frenética esté vinculada a la lucha por la secretaría general. O que repita obsesivamente que lo más importante es hablar de España y no tanto del partido. La gente de ese mismo partido, los militantes convertidos en marea agitada, tienen en muchos casos, el colmillo retorcido por mil batallas orgánicas del pasado. Y ven al elefante de Lakoff en cada gesto, en cada viaje forzado, en cada escapada al Madrid del poder.

No hay sentimiento humano más difícil de esconder que la ambición. Casi tanto como el elefante al que ocultar detrás de la tramoya de la falsa humildad y el sacrificio propio a nuestro pesar.

Por eso no termina de arrancar la campaña de imagen de Susana Díaz entre una militancia que, pese a los enjuagues, y baños de popularidad forzada, sigue fría y escéptica.

Porque, como decía un un famoso alcalde de Almansa de quien guardo un gran recuerdo, «a ciertos rivales políticos, especialmente los de dentro, los veo venir desde el Mugrón».(1)

Susana no sorprende. Y en política, quien sorprende, casi siempre gana.

Que le pregunten a Zapatero.

Y a Bono.


 

(1) El Mugrón es una Sierra que los almanseños ven aunque no quieran, a unos 10 kilómetros del pueblo.

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