Territorios o personas: dilema para explicar un curriculum menguante

Sin Andalucía, como con Flandes para el conde duque de Olivares, no hay gloria ni imperio.
No hay nada. Poco importa que se gobierne o no. Lo relevante es el número de compromisarios que se eligen en los congresos, y en una región con ocho provincias y 8 millones de habitantes, hay muchos delegados que votan.
Que se lo digan a Chacón en el último congreso, cuando parte de la federación andaluza tiró por libre y apoyó a Rubalcaba. O a Bono, en su enfrentamiento con Zapatero en el 2000.
En el fondo, en esa confusión entre lo orgánico de partido y el rumbo del país, se puede encontrar una perfecta metáfora de lo que le pasa a España.
Hemos sublimado la representación de los territorios frente a la de las personas.
Se trata de controlar circunscripciones provinciales, partidos judiciales para las diputaciones y las demarcaciones que hubiere lugar para las autonómicas. Se trata de controlar un éter tangible, el terruño, delimitado por hitos y mojones que trazan entre sí líneas imaginarias para el cumplimiento de fines asociados a identidades, en muchos casos, inventadas.
Cuando estaba en primera línea, un servidor siempre se preguntó por qué razón conocía mejor al alcalde de Villaverde de Guadalimar, a 150 kms. de mi pueblo, que al de Sisante, a 21; un pueblo, por cierto, con el que compartíamos un enorme grado de afinidades e intereses económicos compartidos que no teníamos con los buenos amigos de Villaverde, enclavado en una sierra que a los del llano nos resultaba bellamente ajena. La respuesta, un cartelón a la altura Casas de Guijarro, que ponía en un lado «Provincia de Cuenca» y en el otro «Provincia de Albacete».
Las fronteras están reventando a pedazos a nuestro alrededor.
Lo que la tecnología de la información y las nuevas redes globales dinamitan, algunos se empeñan en consolidar con esquemas del XIX, los que subliman el apego al territorio porque, en el fondo, identifican en él un universo que les es más fácil controlar, como si aún nos moviéramos en diligencia.
Dice Moisés Naím que en todos los campos la revolución digital ha transformado las estructuras tradicionales. Desde el comercio internacional a las finanzas; desde la música o la cultura hasta el modo en que nos enamoramos y que sólo la política institucional, con sus reticencias a la transparencia o las cortapisas a las herramientas digitales, mantiene esa cicatería que hace parecer a las sedes de los partidos anacrónicas estancias repletas de fantasmas del pasado, que debatían sesudamente en medio de nubes de humo de tabaco.
Los famosos avales, por ejemplo, escenifican a la perfección esta anacronía. Desde mi experiencia, hasta hace dos años, no se podían recoger por medios electrónicos. Cuando uno es capaz de reservar un hostal en Kuala Lumpur, Malasia, por edreams, y le está prohibido captar por ese medio un apoyo de seis líneas de un compañero en Villarrobledo, algo no cuadra.
O Edreams va muy rápido o el PSOE iba muy lento.
Son esas reticencias al cambio, ese miedo a lo incontrolable, lo que alimenta a los populismos que surgen de la nada, al calor de la brillantez de un orador en prime time o con consignas politicamente incorrectas.
Son esas tenebrosas muestras de parálisis las que ahogan a las fuerzas tradicionales y ahuyentan al electorado hacia la estrella del momento o, peor todavía, a la abstención.
Por eso existen Morenos Bonillas de curriculum menguantes. Porque saben controlar esos universos terrenales, provincianos y comarcales. Y poco importa si el hombre tiene más o menos curriculum, porque ése ya se lo ha labrado dentro de la casa y, para el presidente de su partido, eso garantiza paz y tranquilidad.
Como con Franco.images
Por eso, y porque en alguien tan decimonónico como Rajoy, al que uno imagina de gris subsecretario de Cánovas del Castillo sin mucho esfuerzo, plantear una revolución que salve a los grandes partidos de la mediocre endogamia organizativa, es mucho pedir.
Y si me duele esta reflexión no lo es tanto con respecto al PP, sino con respecto al PSOE.
A fin de cuentas, alguien en algún momento, tendrá que entender lo que está pasando en Cataluña.
Y ese debe ser el PSOE. Tiene que ser el PSOE.
Porque Cataluña si es nuestro Flandes.
Ahí está el desafío. Mas que nada porque no se trata de defender Córdoba o Cuenca contra Cataluña. Se trata de defender al cordobés o al conquense. Y a lo mejor, también se le defiende pensando en los catalanes y el mantenimiento de un proyecto de convivencia que supere la testosterona que pone el populista en su arenga. Lo otro es alimentar el conflicto. Y por experiencia sabemos que cuando se ponen moradas, los listos, como el presidente de Iberdrola, ponen tierra de por medio y se olvidan de la bandera. Son los pobres y la gente corriente, los que acaban pagando la factura de la guerra de banderas.
El día en que alguien tenga la suicida voluntad de reconocer este hecho, habremos hecho un gran servicio al país. Porque lo que está pasando en Cataluña no es por culpa de Mas y sus ensoñaciones, sino en buena medida a pesar de Mas, que intenta a duras penas subirse a un carro que ya está en marcha y en el que la sociedad civil va por delante.
¿Quién será el valeroso suicida que dinamite su carrera cosiendo lo que otros se empeñan en romper a jirones? En mi opinión, alguien que vea más allá de los territorios de los que nace su poder orgánico.
Alguien que vea personas. Ni más ni menos.

Facebook Comments

Un comentario en “Territorios o personas: dilema para explicar un curriculum menguante

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.