Thatcher: última ofrenda en el altar de la City

Hay dos temas de conversación que inevitablemente todo inglés tiene presentes: el tiempo y el imperio.

De lo primero no hay mucho que decir para no traicionar los tópicos: que llueve mucho y el perenne gris les hace añorar las soleadas costas del Mediterraneo durante todo el año. Es un tópico, pero se cumple, sobretodo para romper el hielo.

Pero de lo que le verdad le gusta hablar a muchos ingleses es del Imperio que fueron, aunque surja en la conversación de manera indirecta y un  tanto forzada. thatcher5Es necesario trabar cierta confianza con un inglés, mejor al calor de un par de pintas de cerveza, para volver la vista atrás, hacia un pasado todavía reciente y rememorar una época en la que la Royal Navy patrullaba los siete mares desde una superioridad que no empezó a ser cuestionada hasta bien entrada la Segunda Guerra Mundial, con la irrupción imparable del poderío norteamericano.

Mi particular versión del funeral de Margaret Thatcher pasa por esa ensoñación imperial de la que fui testigo en el día de ayer, delante de la catedral de San Pablo, donde terminaba un cortejo fúnebre que recorrió la City con los restos mortales de la poderosa ex primera ministra de Su Majestad. Una ensoñación que guarda relación con el papel de la dama de hierro como conductora de la última y exitosa aventura militar del Reino Unido, aquélla que  la coronó en las Malvinas frente a la Argentina de la dictadura y que constituye el legado póstumo de un pasado imperial todavía reciente en el imaginario de un pueblo que rinde constante homenaje a su historia repleta de glorias y paradojas.

La bandera tiene un poderoso efecto hipnótico sobre los pueblos. La propia Thatcher podría dar testimonio de ello, cuando decidió embarcarse en una guerra para recuperar un lejano archipiélago en un momento en el que las encuestas le eran desfavorables, a un año de unas elecciones que tenía perdidas. Y sería de ese segundo mandato del que surgiría el legado económico y político por el que será recordada, idolatrada y odiada a partes iguales por una sociedad profundamente dividida sobre el papel de una líder que construyó un binomio sacralizado en los altares del neoconservadurismo con Ronald Reagan.

Es en ese segundo mandato en el que estalla el conflicto con los mineros, trasunto de un enfrentamiento mucho más ideologizado con el antaño poderoso sindicalismo británico. Una guerra no declarada que dividió al país y que sintetiza el pensamiento de alguien que negaba la propia existencia de conceptos colectivos como ciudadanía o sociedad, para afirmar la fé única en el poder del individuo como excusa para laminar tajo a tajo esa invención seudocomunista del estado del bienestar.

Porque, a ojos de quien escribe, el mundo de hoy, en esta segunda década del siglo XXI, es el que es a fuerza de thatcherismo en la penúltima década del siglo XX. Un  mundo en el que el poder político que nace del pueblo y del parlamentarismo democrático, está sometido a poderosas fuerzas que limitan el margen de actuación de líderes y gobiernos.

La catedral de San Pablo, destino final del cortejo fúnebre en el ceremonial que se vivió ayer, está en el corazón de la City, el corazón de la Europa de los mercados financieros. El punto de partida del mismo había sido Westminster, la sede del Parlamento. Y no pude evitar pensar que, como homenaje póstumo a quien lideró la reconversión económica de su país y de Occidente en lo que es hoy en día, había algo de lógica coherencia en este último tránsito por las calles de Londres.thatcher7

Westminster era el pasado. El lugar en el que antaño residía el poder del pueblo. Y de allí procedía el cortejo fúnebre, camino del nuevo altar del gobierno real de nuestro tiempo, el que se levanta entre rascacielos habitados por quienes ayer lloraron sinceramente a la mujer que les entregó el poder para decidir, más allá de los votos.

Más allá de la democracia.

Porque para ellos, el poder es un asunto demasiado serio como para entregárselo sin más al pueblo.

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