¿QUÉ TIENEN EN COMÚN DONALD TRUMP Y FELIPE III?

Buy american, hire american, decía Donald Trump en su ceremonia de investidura como 45 Presidente de la nación más poderosa de la tierra.

Compre americano, contrate americano.

Cuatro palabras para definir una filosofía que nos sumerge de lleno en los años treinta del pasado siglo y que creíamos haber enterrado en una fosa profunda, al lado de los millones de cadáveres que produjeron los conflictos globales inmediatamente precedentes y posteriores.

Como a estas alturas ya lo habrán leído todo sobre Trump en columnas y blogs, lo único que les puedo ofrecer desde este humilde rincón de pensar es una reflexión sobre las paradojas y las percepciones, muchas veces erróneas, que tenemos a la hora de enjuiciar momentos como el que vivimos.

Sobretodo desde una perspectiva socialdemócrata, que es la que a mí me interesa, para que nos vamos a engañar.

Lo único que les puedo ofrecer desde este humilde rincón  es una reflexión sobre las paradojas y las percepciones, muchas veces erróneas, en torno al “momento Trump”.

Primera paradoja. ¿Sabría usted decirme, querido lector, a qué partido pertenecía el presidente que embarcó a Estados Unidos en las cuatro grandes guerras que ese país vivió en el siglo XX? Antes de que me responda, guiado por los fogonazos de la inmediatez histórica, le recuerdo que la Primera Guerra de Irak causó menos bajas americanas que las primeras dos horas del desembarco de Normandía.

Las cuatro grandes guerras americanas del pasado siglo serían por este orden la I Guerra Mundial, la II Guerra Mundial, la Guerra de Corea y la Guerra de Vietnam.

En relación a la pregunta que le formulaba con anterioridad, los presidentes que decidieron la intervención estadounidense en estos conflictos, que conjuntamente les reportaron más de 700.000 muertos en combate, fueron, todos sin excepción, demócratas.

Y que de las cuatro guerras, en las únicas dos en las que el combate no terminó con una rendición incondicional del adversario, el encargado de recoger los bártulos y administrar las conversaciones de paz con un enemigo no derrotado, fueron republicanos.

¿Quiero decir con ello que los demócratas como Obama son halcones y que los republicanos como Trump son palomas? En absoluto. Pero lo cierto es que tenemos que admitir que la distorsión cercana que produce la era Bush, con su herencia de guerras empantanadas en Irak y Afganistán, condiciona la forma en que analizamos los hechos históricos y puede distorsionar nuestra perspectiva.

 Conviene recordar, con datos empíricos, que los presidentes republicanos, a pesar del recuerdo de la era Bush, han sido tradicionalmente aislacionistas, y los demócratas intervencionistas en política exterior. Y que ello no es necesariamente algo bueno.

Los hechos, tan denostados en los tiempos de la post-verdad, dan cuenta de que en el siglo XX corto, ese que se extiende según Hobsbawm entre la Primera Guerra Mundial y la caída del muro de Berlín -75 años- han ocupado el cargo de presidente catorce mandatarios. De esos tres cuartos de siglo, más de la mitad -40 años- tuvieron como presidente a un republicano y 35 a un demócrata.

Las cuatro grandes guerras americanas antes citadas ocupan un lapso conjunto de unos 20 años. De ese periodo, 16 años coinciden con mandatarios demócratas en el poder. Y sólo 4 con presidentes del partido que sustenta a Dondald Trump.

¿Quiere esto decir que los demócratas son partidarios de la guerra y los republicanos amantes de la paz? Afirmar algo así sería un shock emocional contra nuestras propias percepciones, mediatizadas -es preciso repetirlo una vez más- por las guerras iraquíes y afgana de los Bush padre e hijo.

Segunda paradoja.

Cuando Trump apela al aislacionismo (una vez más la “splendid isolation” anglosajona), a recuperar una “agenda interna” y a olvidarse de “aventuras exteriores”, exhortando a los europeos o a los asiáticos a que se paguen su propia defensa por ejemplo, o a promover un deshielo amable con Rusia ¿estamos ante algo intrinsecamente bueno para la Humanidad?

Desde una perspectiva no sólo socialdemócrata, sino incluyendo a la nueva izquierda del continente, no nos cabría duda. Como tampoco nos cabe duda de que la aproximación a la Rusia de Putin nos gusta porque, aunque lo digamos con la boca pequeña, a la izquierda le atrae la determinación rusa, si acaso por asociación de ideas con lo que ese país representó en el pasado.

Si concluimos estas dos paradojas con una respuesta afirmativa -que el aislacionismo americano es inequivocamente republicano y que un presidente como el que nos ha caído en gracia va a centrarse en los desafíos internos más que en ejercer de policía del mundo– llegamos a la disparatada conclusión de que Donald Trump es una salvaguarda para la paz mundial.

La agenda interior y el repliegue americano, pone a la izquierda europea ante el espejo de la contradicción por las consecuencias imprevisibles que para el orden mundial tendrá ese conjunto de políticas.

Antes de que dejen de leer y me crucifiquen, les diré por qué Trump, pese a lo que dice y lo que representa, es una amenaza mucho mayor para la Humanidad que la que representan demócratas en la presidencia como Hillary Clinton, a la que los seguidores republicanos catalogaron como una peligrosa belicista amante de los conflictos y las guerras globales.

Seré franco, aunque duela.

Estados Unidos todavía es el gran “hegemon” de nuestro tiempo. Cuando una potencia dominante se retrae durante un periodo, llevada quizás por el peso de la agenda interior o por lo que los antiguos llamaban el “hastío de guerra”, una multitud de aspirantes aprovechan el lapso para rearmarse y ganar parcelas de poder en el tablero global.

Si además, ese poder dominante, se vuelve de repente proteccionista y recupera la política arancelaria para contentar a su electorado bajo el manto protector de la autarquía autosuficiente, se multiplican las opciones de que asistamos a despiadadas guerras comerciales. De las que no implican acciones sangrientas pero que acumulan posos de resentimiento.

Cada siglo tiene su hegemon, su poder dominante. Aunque nos cueste creerlo, nosotros los españoles, también fuimos la gran potencia dominante desde 1520 hasta 1630, más de una centuria.

A Felipe II, un rey belicoso e intervencionista, le sucedió su hijo, Felipe III, un monarca abúlico y retraído que entregó el poder a sus validos y cuya reinado se resume en torno a tres ejes:

  1. Felipe III,  rey de paz. Firmó treguas duraderas con franceses, ingleses y holandeses.
  2. Intentó combatir la inundación de manufacturas extranjeras de estos países en los mercados de Castilla y Aragón, que enriquecían indirectamente a las potencias enemigas con el oro y la plata que venía de América sin dejar riqueza en estos páramos.
  3. Felipe III, rey xenófobo que implementa la medida populista de la expulsión de cientos de miles de moriscos de la península al norte de África.

Dondald Trump simboliza un momento Felipe III en los Estados Unidos.

El repliegue, la renuncia a ser gendarme del planeta, significó que los mares se infestaron de piratas. Perdida la disuasión española, holandeses, franceses e ingleses aprovecharon la paz oficial con España para empezar una guerra no oficial con bucaneros y corsarios.

El proteccionismo salvaje arruinó a los comerciantes más dinámicos establecidos en la ciudad más populosa de Europa por entonces, Sevilla, que empezó una lenta decadencia de la que nunca se recuperó.

Por último, la expulsión de los moriscos, despobló la huerta de Levante,  y sumió al país en una crisis demográfica brutal, en ejercicio de una medida populista equiparable al America First que enarbola el nuevo presidente estadounidense.

Como el rey Felipe III, Trump preconiza el protecconismo, el repliegue y la xenofobia en su salida contra el hastío de guerra y aventuras exteriores que enriquecen al adversario

El gran peligro al que se enfrenta la Humanidad no deriva del hecho de que un hombre de casi 80 años con un cerebro de un crío de 15 esté a cargo del mayor arsenal nuclear del planeta. Ni de que su ideario sea una mezcla de racismo, machismo, prejuicios y populismo de matón de barrio.

Deriva del hecho de de las consecuencias del repliegue prometido. Un orden internacional caótico, puramente hobbesiano, carente de un proveedor global de seguridad colectiva por deserción de la potencia dominante, celosa del auge ajeno que entiende que se produce a su costa en medio de un declive tantas veces pregonado que termina por convertirse en real.

A Felipe III le sucedió su hijo Felipe IV. Y al término de la paz, llegó la guerra. La más salvaje que el mundo había conocido hasta entonces, la Guerra de los Treinta Años, que diezmó el continente europeo y que bien podría considerarse como una primera guerra global.

En un mundo distópico de pesadilla, ¿Qué hubiera sido del mundo si Roosevelt hubiera cedido a las presiones aislacionistas y pacifistas en 1940? Si en lugar de promover un embargo económico contra Japón, hubiera alcanzado un acuerdo con este país aceptando la “esfera de prosperidad asiática” que ese país reclamaba. Sin Pearl Harbor no hubiera habido intervención en Europa. Y Hitler habría derrotado a la URSS y a Gran Bretaña.

El repliegue americano va a estimular a los pigmeos que se creen con derecho a ser gigantes sin temor a los palos de un gendarme renuente que, de repente, se vuelve cansado y perezoso. Hay barra libre.

El aislacionismo de Trump, el repliegue americano, bien puede ser la antesala de un mundo de pesadilla. Por lo pronto usted, que ha llegado hasta este punto de la lectura con una paciencia que le agradezco, prepárese para que su gobierno incremente el gasto en defensa. Que lo hará.

Y recuerde que, aunque el gendarme sea odioso, aunque pegue palos plegándose a los designios del poderoso y prestándose a una doble moral que nos asquea y nos asusta, su ausencia en el mundo no garantiza la paz.

Cuando el hegemon se borra del mapa voluntariamente, un puñado de pigmeos se creen con derecho a ser gigantes. Es lo que la Historia, y los hechos, demuestran.

Y no tardaremos en ver las primeras chispas.

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