Mejor les advierto antes de seguir con la farsa. En el texto que se expone a continuación no hay más referencias a la situación política del país caribeño, a Maduro, a Capriles, a Chaves o a Leopoldo López que las que su imaginación quiera desplegar a partir del título con el que sólo pretendo captar su atención.

Es un truco de trilero, lo reconozco, basado en el poderoso atractivo que la sola mención al nombre de esa República despliega en la tribuna política patria que, como saben, diviso desde la lejanía británica.

No es, sin embargo, ni un fenómeno nuevo, ni estrictamente español. A la hora de soltar escombro sobre el adversario ideológico doméstico, se han construido territorios míticos por igual, a izquierda y derecha, para azotar al enemigo interno y su toma de partido o su silencio respecto de tiranos foráneos. Siempre a beneficio de inventario. Siempre extendiendo un velo de propaganda que, irónicamente, terminan pagando los más débiles en el país cuyo nombre invoca asociado al martirio. Antes fueron Vietnam, Checoslovaquia, Chile, Camboya, Ucrania y el que venga.

Lo importante de esta tendencia es cosificar la causa que se dice defender. Objetivarla, banalizarla, para usarla a conveniencia frente al enemigo doméstico y no por un sincero compromiso con la parte que se percibe como una víctima.

En una interminable guerra de agit-pro, de desgaste basado en la percepción de que la lluvia fina termina calando hasta los huesos y cortando trajes a medida para fulminar al adversario, la derecha española se ha entregado con pasión nunca vista a la defensa de la democracia allende los mares. Sus medios, voceros del apocalipsis caraqueño, amplifican la caja de resonancia con el objetivo de alimentar la Reacción. Pero no allí, a orillas del Caribe. Sino en la España que ven peligrar a manos de coaliciones posibles que alimentan la pesadilla de un nuevo Frente Popular.

Al hacerlo, al optar por la exageración deforme, no sólo fulminan la posibilidad de un entendimiento pacífico en la Venezuela por la que tanto dicen temer. Obligan a tomar partido. Dibujan un escenario binario, maniqueo y frentista, del que siempre sacan provecho los mediocres que viven del conflicto porque no saben hacer otra cosa.

Poco importa cuando lo que se ventila es la construcción de un relato basado en las lealtades bastardas de Podemos con el chavismo. Un flanco débil en el que  no sirve ni el señalamiento de las incongruencias propias de un gobierno que pacta acuerdos comerciales y venta de armas con dictaduras salvajes regidas por la sharia en la península Arábiga o que mantiene una extraña luna de miel con la Turquía involucionista de Erdogan, en cuyo nombre se detiene a periodistas críticos en Barcelona sin levantar ruido.

La exageración grotesca conduce al absurdo esperpéntico de ver a una diputada popular de nombre Guarinos, empleando tres cuartas partes de su intervención -en una comisión de presupuestos de un parlamento autonómico- en señalar las conexiones venezolanas de un partido al que acusa de estar infectado de corrupción y pederastas.

Todo al servicio de una táctica de trazo grueso, cainita en la mejor tradición política española basada en la necesidad de agrupar en bandos, de acotar en granjas de pensamiento bifocal al servicio de intereses bastardos para hacer digerible el mensaje a las mentes más simples.

La identificación de la tierra por la que esta diputada es parlamentaria, Castilla La Mancha, con la martirizada Venezuela, a costa de la entrada en el gobierno de dos consejeros de Podemos,  sirve a tal fin y encuentra un precedente  aún más explícito en la estúpida declaración que días antes hizo uno de sus compañeros, Francisco Núñez, en la tribuna de oradores; que sin el menor recato, extendió la asociación de ideas Podemos-Castilla La Mancha-Venezuela a un nivel de absurdo difícilmente igualable.

A fin de cuentas, ninguno de los voceros son responsables de las consecuencias de sus actos. Actos, palabras, exageraciones, hipérboles, deformaciones, que se pierden como las lágrimas en la lluvia del androide de Blade Runner, pero que calan en una opinión pública presta a entregar sus oídos al que la diga más gorda.

Diría lo mismo cuando la exageración viniera de la izquierda, que nadie se lleve a engaño. Hace muchos años que estoy vacunado de simplismos que traen causa en la dialéctica heredada más allá del muro de Berlín, el imperialismo yanqui o la conspiración de las multinacionales, que hastía y alimenta por igual la pira funeraria de los muertos en campos ajenos a costa de elevar las conciencias en los predios propios.

Me abruma, eso sí, ese apasionamiento tan español.

Ese “echarse al monte”, expresión que no tiene traducción en otros idiomas y que es tan inequívocamente ibérica como la guerra de guerrillas que practicaron nuestros antepasados sin distinción ideológica en un alarde de dramatismo trágico incapaz de percibir matices allí donde siempre hubo una compleja policromía.

Puede que sea el sino de España. Y nunca faltarán a tal fin los Guarinos y los Núñez para ofrendar en el altar de la idiotez irresponsable sus palabras cargadas de ignorancia y mala fe.

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