Regreso a Irak: de torturas y miserias morales varias.

Anoche me costó dormir. Acababa de ver Zero Dark Thirty, la película de Katreen Bigelow sobre la captura de Bin Laden. Los primeros diez minutos son un compendio de los demonios que esconde este periodo sombrío, en el que la democracia por antonomasia recurre a la tortura para arrancar confesiones a hombres despojados de toda dignidad humana.

Al final de la película repasé las portadas de los periódicos, en busca de alguna noticia que leer sobre cualquier otro asunto, para enjuagarme el mal sabor de boca que me había dejado la descarnada recreación de la tortura y la vejación que la CIA desplegó y sigue desplegando en Irak, Afganistán o Pakistán.

Y me encontré este video, en el que soldados españoles desplegados en misión de paz en aquél infierno, muelen a patadas a un hombre indefenso, agazapado en el suelo y que se encoge para sobrellevar el tormento al que es sometido.

En la era de lo inmediato, en la que la información queda obsoleta en cuestión de minutos, la percepción que tenemos del paso del tiempo tiene curiosos efectos. Así, la invasión de Irak, de la que se cumplen ahora diez años, se va difuminando en la memoria colectiva, superada por el torrente de acontecimientos extraordinarios y los cataclismos económicos que han estallado en esta década transcurrida.

Irak sería el Vietnam de nuestra generación. La guerra más abyecta de cuántas se han perpetrado, diseñado y justificado desde esa joint venture formada por corporaciones, banca internacional, fondos buitre y gobiernos deseosos de enardecer a sus votantes bajo el vivo flamear de banderas en la campaña del desquite contra ese magma informe de autores materiales e intelectuales del 11-S. Al menos en Estados Unidos.

Aquí en España, Aznar vio la oportunidad de hacer realidad sus sueños más íntimos. Los que había tenido que posponer durante su primera legislatura por efecto de una escuálida mayoría parlamentaria que le obligaba a pactar con nacionalistas catalanes y vascos y que había estado diseñando en su segundo mandato para proporcionarse su particular pórtico de gloria en el que iba a ser su último año en el gobierno.

Sueños húmedos de grandeza renacida; de desquites antifranceses; de renovado protagonismo internacional al amparo de los nuevos señores del mundo, con quienes, de la noche a la mañana, compartíamos plano en las Azores.

 España volvía a salir del oscuro rincón de la Historia.

Todo lo que Estados Unidos reclamaba de nosotros era, en una primera fase, participar en la ópera bufa montada en torno a las armas de destrucción masiva. A falta de cobertura jurídica en forma de resolución de la ONU, Bush precisaba una historia convincente, no sólo para guardar las apariencias, sino para recargar moralmente a una opinión pública deseosa de vendetta por los atentados del 11-S. Y en una segunda fase, una vez que los marines hubieran hecho el trabajo sucio contra las andrajosas tropas de Saddam, aportar un contingente de tropas para asegurar la retaguardia del Tío Sam en las tranquilas zonas hortofrutícolas cuya custodia nos sería asignada.trillo5

Y allá que fuimos. Mil y pico soldados desplegados en mitad de la nada, para mantener la paz y repartir vendas, agua y alimentos en medio de una población civil a la que íbamos a liberar formando parte, por fin,  de los “Aliados”, ese término que ha sido maleado con el paso de los años por Hollywood para definir a los buenos en películas bélica. Una misión limpia y aseada, moralmente respetable y que no exigía que nos manchásemos las manos. De eso se ocupaban los yanquis.

Con Bagdad sometido y el país controlado, el cuento parecía tener el final idílico que los planificadores habían diseñado. Y fue entonces cuando arrancó la pesadilla, en forma de guerra de guerrillas, de guerra irregular sin frentes ni ejército enemigo. De patadas en la puerta y Abu Grahib. De torturas, atentados suicidas y fósforo blanco. De ataúdes envueltos en banderas de barras y estrellas regresando a casa en mitad del silencio de una población que empezaba a asimilar el error y la pesadilla de la ratonera iraquí.

Diez años después del comienzo de aquella pesadilla, el vídeo que hoy ofrece El País nos sitúa delante del espejo de nuestras miserias morales. Las de unas democracias imperfectas que se engañan a sí mismas y a sus ciudadanos para investir de autoridad moral todas sus acciones.

Las miserias morales de un país, el nuestro, en el que el entonces Ministro de Defensa cuando suceden aquellos hechos, Federico Trillo, acumulando en su hoja de servicio el escándalo del Yak 42 o la obscena y nauseabunda defensa jurídica de Luis Bárcenas en 2010, contempla sereno el atardecer londinense mientras saborea una taza de té desde su despacho en la embajada de la que es titular.

Ajeno a toda responsabilidad política o moral, el hombre que diseñó el despliegue de nuestras tropas en una operación contraria al Derecho Internacional; el fontanero que urdió la estrategia de defensa de su partido en el mayor escándalo de corrupción de la democracia; el ministro responsable de la galería de los horrores que envuelve el escándalo del Yak-42, con el penoso episodio de los restos mal identificados ocupa hoy, en premio a su dilatada carrera, el puesto titular de embajador español en el Reino Unido.trillo1

Trillo no es diplomático de carrera, pero eso no es impedimento para que pueda desempeñar la máxima representación del Reino de España en Londres. Cuando se produjo su nombramiento, García Margallo, Ministro de Exteriores aludió a que, de forma excepcional, es posible cubrir este tipo de puestos con personalidades excepcionales.

Cosas como esta hacen de nuestro país un lugar excepcional, aunque no precisamente en sentido positivo.

Mientras medito sobre el particular vuelvo a ver el vídeo con las imágenes del apaleamiento en Diwaniya y pienso en Trillo. Un superviviente de mil escándalos que no debería ocupar cargo alguno en cualquier democracia decente.

 

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