WINTER IS COMING: EL INVIERNO DE PODEMOS

El invierno se acerca con aliento helador, y el lobo huargo sobre campo de color plata que ilustra el blasón de los Stark parece menos fiero cuando anticipa la ventisca.

Al otro lado del Muro, un ejército de caminantes blancos amenaza las murallas, que ya no son tan firmes como en la eterna primavera que trajo aquél mayo prometedor de un lejano 2011.

Que jóvenes y que guapos estabais todos, Pablo, Iñigo, Carolina.

 Incluso tú, Juan Carlos, que a tus cuarenta y muchos alcanzabas al  fin el sueño de la revolución construida sobre la utopía de la disertación académica. Todo asalto juvenil a los cielos tiene su padre espiritual, puro y extemporáneo, como aquél Lafayette ya anciano que arropó con la bandera tricolor de la Revolución a un monarca que lo iba a ser del pueblo, en los gloriosos días del París de 1830, los de la feliz monarquía de Julio.

 Y tú, Monedero, bajo esa apariencia aniñada que ofrece la estética desenfadada de quien se rodea de zagales, habías nacido para interpretar el papel del ya anciano marqués.

Pero el tiempo, qué putada, no sólo nos hace más viejos, sino también más pellejos.

En el relato épico de una existencia acelerada, hormonada con los esteroides en vena que suplementaba el triunfo electoral a lomos de ese caballo llamado Indignación, todo era amor y fraternidad en la nueva política. Más allá de lo viejo emergía lo inmaculado de vuestra propuesta, preñada de la inocencia de quien no está contaminado ni por el poder ni por sus sombras tentadoras.

El régimen se cae, proclamasteis a los cuatro vientos, mientras los dos pilares carcomidos sobre los que se sostenía el consenso cobarde del 78 se iban venciendo como lo hacen las viejas casas largamente deshabitadas, decrépitas por el vacío de sus ocupantes, que tiempo atrás se habían mudado a los áticos céntricos del poder de los ministerios.

Le dijisteis al mundo que estabais aquí para gobernar.

Que no erais una izquierda triste, un  «cornuto contento», como el que describe la mamma de Tommy de Vito en «Uno de los nuestros», de esos que se adapta a su pequeño rol en la tierra, de esos que se dice satisfecho de ser rebelde porque el mundo lo ha hecho así y enjuaga la pena de no saberse capaz de llegar al gobierno sacralizando a cambio ese 15% que siempre fue el techo electoral de Julio Anguita.

Erais el jugador sobrio, el suicida temerario del cadillac de la izquierda, que en la carrera hacia el precipicio no va a pisar el freno hasta el final con tal de llevarse a la chica. O todo o nada.

La putada, la gran putada, es que en este mundo no hay carrera diaria. La adrenalina se gasta en momentos puntuales, pero hasta los marines saben que en primera línea se pasa menos del uno por ciento de la vida útil del soldado. El resto, son imaginarias, guardias eternas, barrigazos en el fango de Camp Lejeune y montar y desmontar el jodido M-16 hasta que el sargento te diga aquello de «demonios, soldado Gump, tú llegarás a general».

Es en el tedio del retiro cuartelero, donde no se anticipan elecciones hasta vete tú a saber, cuando además de perderse las habilidades para el combate, surgen los recelos con los compañeros del alma. Y de poco me sirve que me digas que aún estáis en campaña. No es lo mismo, y lo sabéis. No es lo mismo cruzar por Flandes con la acorazada fantasma de Rommel, en mayo del 40, sentir el vértigo en la nuca al saber que avanzas sin cuidarte de tu retaguardia, que plantar las posaderas en una trinchera en mayo del 18, que se llena de barro, piojos y ratas con las lluvias de invierno. Stagnation, lo llaman los ingleses.

La épica no se alimenta de tardes de conspiradores, sino de mañanas de asamblea y vísperas de lucha arrebatadora. Perdidas estas últimas – Iñigo, Pablo y los demás-, sólo queda el ruido de las traiciones que se cuecen en la trinchera, desde la que el cielo prometido, París, ya parece inalcanzable.

Los más listos de entre los vuestros ven venir el peligro. El bipartidismo estaba herido pero no muerto. Y aunque el ala izquierda de ese gigante venga rota y descosida, los zurcidores de urgencia terminarán por levantar un nuevo ejército y os vencerán.

Ni siquiera tienen que pasar a la ofensiva. Les basta con aguardar en las trincheras de enfrente a que el tedio invernal os corte el aliento y las ganas de luchar. Sin tanques sois un gigante con pies de barro, un mostrenco voluntariamente retraído que a falta de guerra convencional, se entrega a la lucha civil con la torpeza de un principiante.

Me diréis que el ala izquierda de ese bipartidismo renacido tampoco está para tirar cohetes. Es más, que si de guerras civiles se trata, lo vuestro es un ensayo comparado con ese ejército de sanchistas, susanistas y ¿patxistas? que recorren el país y las redes sociales lanzando ira a pedradas los unos con los otros. No os llevéis a engaño. Esta, la de los socialistas, es nuestra jodida guerra, y llevamos haciéndola desde los tiempos de Besteiro, Prieto y Largo Caballero. Y por mucha sangre que se vierta, al final estallará la paz. Que sea una paz de cementerio o no, es otro cantar. Nadie rehabilita con tanto encanto como el PSOE, aunque sea con medio siglo de retraso.

Que le pregunten a Negrín, expulsado en el 45 y readmitido por Zapatero. Otro tanto pasará con el perdedor del combate de estos días, aunque cueste imaginarlo. Son muchos años en los aledaños del poder como para no entender estas paradojas.

Es por vosotros por quien temo.

Habéis levantado un sueño que puede que no sobreviva a este invierno.

Yo, que siempre os quise regular, no os deseo la sangría infame que anticipa vuestro Vistalegre, que tiene pinta de ser un Suresnes de espejo cóncavo.

Os tengo a ambos, sobretodo a Iñigo -no lo voy a ocultar- como gente capaz, protagonistas de una sacudida histórica en un tablero monopolizado hasta vuestra llegada por sabios de antaño, huraños, excluyentes y cómplices en los pecados mutuos que han hecho tanto mal a una España rota por la corrupción y  el desencanto.

Pero el invierno ya está aquí.

Qué lejos queda aquélla primavera, aquél mayo de 2011.

Monedero ya tiene cincuenta y muchos, que no es lo mismo que tener cuarenta y tantos. A Pablo los hombros se le caen por horas, y tiene la mirada huidiza de Sean Penn en Mystic River, el expresidiario que de tanto cuidar sus espaldas en la trena de punzones y puñales, no deja de mover la cabeza a ambos y ve amenazas en cada esquina.  Errejón es un hombre atrapado en una mirada aniñada que no envejece al tiempo que su oratoria. Carolina da un portazo y deja a los subalternos gritando en la taberna, a la vista de todos.

El invierno ya está aquí, y no presagia nada bueno en la Invernalia de Podemos.

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