El último diálogo de la película El Candidato (Michael Ritchie, 1973) termina con una frase que formula el personaje de Robert Redford a su estratega político, al hombre que le ha guiado a través de la campaña. Una pregunta que queda sin respuesta, mientras la escena -y la película-  termina con un plano abierto de la habitación del hotel en la que se hace un clamoroso silencio.

“What do we do now?”, inquiere el ya electo senador demócrata por el estado de California, que ha obtenido una victoria contra todo pronóstico frente al veterano republicano Crocker Jarmon. ¿Y ahora qué hacemos?
El joven político, un outsider idealista por el que nadie hubiera apostado al inicio de la contienda, condensa toda la angustia vital del ganador sorprendido de su propio triunfo frente al veterano republicano, un conservador de manual que alienta los temores de la gran mayoría silenciosa frente al liberal y atractivo Mac Kay  que encarna Redford.

Me enredo con la escena de El candidato porque vivimos uno de esos instantes “what do we do now?”, al menos en el terreno en el que, politicamente se puede ubicar a los equivalentes europeos del aspirante Mac Kay.

En el de la izquierda que puede gobernar.

Cuesta imaginar a Pedro Sánchez en alguna sala de Ferraz – justo antes de salir al balcón de la sede socialista a saludar a las huestes- preguntando a Abalos, Lastra o cualquier otro de sus leales escuderos un ¿Y ahora qué? como el que improvisa Robert Redford con su mirada angustiada, en el limbo absorto de una euforia por él mismo desencadenada y de la que se siente alienado, intuyendo lo que le espera.

Pero me consta que, en la soledad del vencedor, aunque infinitamente más dulce que la del perdedor -Susana Díaz- también hay un vértigo súbito frente a la responsabilidad sobrevenida; frente a la idea de la decepción temprana; frente al miedo a defraudar; frente al trabajo hercúleo para restañar las heridas de una batalla a cara de perro en las tripas de un partido sometido a una tensión dramática en los últimos nueve meses.

En teoría política, se han escrito más libros sobre cómo alcanzar el poder que sobre qué hacer un vez se llega al mismo. No recuerdo de quién es el aforismo, pero no se me ocurre una verdad más evidente en el campo de las ciencias sociales.

Algo especialmente válido en la izquierda, por cierto. La derecha ha tenido menos remilgos al respecto historicamente. A fin de cuentas, su posición de partida es la del poder. En otros ámbitos, como el económico o el social. El tránsito desde esa vertiente del poder hacia el poder político es menos contradictoria, menos antinatural que en una izquierda que tiene que apelar al idealismo puro para seducir al electorado y conquistar ese mismo poder que le  es ajeno social y económicamente.

De ahí la fascinación por el tránsito más que por el propio ejercicio del poder, en el que las contradicciones terminan por matar el espíritu liberador de tantas esperanzas fallidas y expectativas no cumplidas. En la retórica de Podemos, por ejemplo, se encuentra perfectamente enunciada esa fascinación. Primero en la propia denominación del proyecto (Movimiento, no partido), a partir de la primera persona del plural de un verbo que implica voluntad, deseo, arrojo. Pero también en las consignas que se han hecho célebres en estos tres años, como el famoso asalto a los cielos o la conquista de las instituciones.

Sí, ya sé que ahora, en el caso del PSOE, vienen los congresos. El federal, los autonómicos y los provinciales en cascada. Que la hoja de ruta está estructurada a partir de los hitos de antaño que, aún reformulados o modelados con la retórica del fin de las baronías y el retorno a las esencias de la militancia, no dejan de ser un camino previsible que reduce el margen de incertidumbre.

Es en la posición política de fondo donde se juega la verdadera partida.

En el realineamiento ideológico de un barco a la deriva durante demasiados años. En la formulación de un discurso que sea capaz de frenar la sangría a la izquierda -algo factible desde la suicida maniobra anti errejonista de Podemos– sin espantar el voto más moderado que, guste o no, sigue siendo imprescindible para alcanzar La Moncloa.

En el espinoso asunto catalán, en el que las tensiones federalizantes pondrán a prueba una vez más las costuras del partido a la altura del discurso centralizador que conserva un notable poder orgánico en el partido e institucional en los gobiernos que ven con desconfianza los devaneos conceptuales en torno al término Nación.

El “¿Y ahora qué hacemos”? del PSOE de Pedro Sánchez es mucho más que una duda existencial del hombre sobre cuyos hombros podría recaer la respuesta al dilema.

Es un jeroglífico casi indescifrable para un partido que sigue en cuidados intensivos y al que España necesita más que nunca.

Aunque sólo sea por el hecho de que ha dedicado mucho menos tiempo que otros a la cuestión de cómo asaltar el poder que a la de qué hacer con él una vez que se ostenta.

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