Y PABLO COGIÓ SU FUSIL

Subió con paso firme y decidido a la tribuna.

Por su cabeza rondarían destellos reminiscentes, recuerdos de la infancia del político que crecía en su ser desde los tiempos en los que el resto de los críos del barrio pegaban balonazos en improvisadas porterías levantadas en los descampados del extrarradio madrileño mientras él, absorto en la pantalla, se tragaba un debate del estado de la nación con Felipe como encantador de serpientes.

Cómo reprimir la vocación política en una familia que había escogido el nombre, Pablo, consciente del peso de su apellido, Iglesias.

A Pablo los cinco segundos que tardó en llegar desde su escaño al atril de los oradores le trajeron el recuerdo de aquéllas tardes anodinas, cuando La 2, que entonces se llamaba todavía la segunda cadena, era la única tele que retransmitía el debate. Te imagino con un bocata de nocilla en las manos, un atlas o una enciclopedia entre las piernas y cuaderno y boli bic para apuntar.

Aprietas los folios con mano firme en el trayecto que te separa de la tribuna. Eres consciente de tu papel. Has estado viviendo ese rol desde que, hace un cuarto de siglo, te torturabas precozmente con aquéllos debates con Felipe, Anguita, Aznar, Anasagasti y el resto de la tropa, mientras los críos de tu edad no dejaban de joder con la pelota. Y por fin ha llegado el momento.

Tu momento.

Enfrente, la casta. Vestida con trajes, que no son de Armani, pero con trajes al fin y al cabo. Tu luces camisa blanca, como el mártir que retrató Goya en los fusilamientos. Nada es casual. Los gestos, las poses, los besos, los críos, los juramentos. Nada queda al azar en la puesta en escena de quienes habéis llegado a las instituciones para helar la sangre de las élites con el Viento del Pueblo, te dices.

Apilas en tu cabeza tono, citas, relatos. Vas a cortar un traje para cada rival. A diestra y siniestra repartirás mandobles, te dices, con puño de hierro en guante de seda. A tu derecha un señor de provincias con pinta de registrador y haber presidido una Diputación. Que resulta ser todo eso, por cierto. Le pega, te dices. A tu izquierda el aspirante, que se agarra como quico a la madera en la trinchera del congreso para, investidura mediante, encajar mejor el fuego amigo que llega desde aparatos sureños. Y allá a tu frente, Estambul que diría Espronceda. Es broma. Allá a tu frente la imagen deformada de ti mismo, lo que tú pudiste ser si en vez de La bola de Cristal te hubieras quedado prendado de Sensación de Vivir.

El aspirante y tu otro yo, han pergeñado un pacto del que ha hecho mofa el señor registrador, con un discurso que parece salido de una novela costumbrista de Pereda. La España provinciana, con sus diputaciones y sus tardes de domingo, se resiste a morir en la vorágine de los hijos de la indignación, y manda a las Cortes a uno de los suyos desde las entrañas de su ser, ese ser que pueblan respetables señoras con cardados y rubias de bote, deliciosas tardes de café y pastitas y caballeros que se visten por los pies, y calzan una Barbour, como Dios ordena.

El pacto huele a enjuague de centro aseadito, y desprovisto de caspa grasienta, le dices al pueblo en tu parlamento. Pero sólo es eso. Puro aroma sintético sin chicha ni esencia. Te contienes con esfuerzo, pese a que la retórica revolucionaria pugna por salir de tus entrañas, alimentada de épica de altavoz y grandes alamedas por las que han de caminar los hombres libres.

Y no te alcanza con la contención.

Jodida cortesía parlamentaria que contagia con putrefacto aliento de casta a todo el que ocupa esta tribuna. Pactos imposibles, acuerdos contra natura, componendas de viejos caciques con rejuvenecidas estéticas.

Atacas con brío al hombre de discurso plano, al aspirante a investido, que puso mirada de cordero y tono monocorde al pacto en el que percibes la marginación de los parias, de tus parias. En pie, famélica legión, que nos venden una Dinamarca moderada los que te untaron la nocilla en un trozo de pan rancio en aquéllas tardes ochenteras.

Cal viva.

Años hace que no se escuchan las dos palabras que más hicieron por llevar tu corazón por la senda de la izquierda auténtica. La que siempre pierde de la forma más bella que existe y que un día, te juras ante el espejo, aunará épica y victoria bajo tu égida.

A tomar viento la seda que envuelve el puño de hierro. El pueblo no viste de seda, y tu camisa blanca es del Alcampo, tejido sintético sin pretensiones. A tomar por saco el florete, que la esgrima es para pijos y tú prefieres el naranjero, como los que la columna Durruti despliega en la Ciudad Universitaria.

Y Pablo cogió su fusil.

A  diestra, el señor de provincias se repantigó con abúlica pachorra. Cruzó sus manos sobre la tripa, prominente pero no excesiva, como es menester en respetables caballeros de provincias. A cubierto en su parapeto, se deleitó con la estampa, tantas veces vivida por las derechas de sus antepasados, de las izquierdas cosiéndose a tiros. Ensayó para sus adentros la pose de señor respetable, la reverencia debida al rey, para cuando este le encargase formar gobierno con los escombros desperdigados de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados, que diría Quevedo.

Con el cañón humeante del naranjero, Pablo vuelve a su escaño. Salpicaduras de sangre manchaban la blanca camisa, pero la izquierda auténtica, la que se había replegado en la corrección del viaje a la Ítaca Dinamarca y el relato de arribas, abajos y transversalidades, al fin había sido vengada, después de tantos enjuagues dialécticos de campaña.

Y pese a todo, pese a tanta cal viva y tanto fuego graneado el hombre que quería ser Presidente tragó saliva, apretó el puño y evitó devolver el fuego. En ese gesto, en la contención del aspirante a ser investido, residía la última esperanza contra el péndulo maldito de la Historia de España.

El péndulo bajo el que el registrador de provincias se frotaba las manos con pose indolente y pachorra decimonónica.

 

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