Y SIN EMBARGO, PODEMOS

Ni me gustan los toros, ni a estas alturas es factible que me pase lo que a Sabina, que se me acerque un José Tomás para convertirme en aficionado.

Pero si algo atrayente tiene un mundo, el del toro, del que me siento profano, es la barroca riqueza de su léxico, que bien podemos tomar prestado para otros menesteres.

Con la perspectiva de la distancia -voy viendo la política española casi en tercera persona, yo que tanto la conjugué en primera persona del presente indicativo- afirmo rotundo que en España nos sobra tremendismo, como lo definían los taurinos, y nos falta un poco más de temple.

A pocas horas de que el país enfile territorio desconocido, con la incertidumbre de la formación de un gobierno para el que no hay mayorías claras de antemano, empieza a quedar claro que con el poso de nuestra historia mediterránea, poblada de sangres de mil raleas, y con una geografía tan proclive a la guerra civil y la guerra de guerrillas, cuesta echar mano de otros mandamientos igualmente taurinos pero que identificarían mejor lo que necesita el país.

Parar, mandar y templar.

Aquí, (allí, en España), no nos paramos ni templamos con demasiada frecuencia. Lo de mandar, si se terció bien, en los tiempos lejanos de las dictaduras y los recientes de las mayorías absolutas. Demasiadas suspicacias heredadas, demasiadas lealtades sanguíneas, demasiado amor brujo y Bernarda Alba. Nos falta fineza, que diría el espadachín italiano que advierte a Alatriste de que en la España Imperial está a punto de ponerse el sol.

El PSOE, mi PSOE, se parte en las mil almas que siempre llevó dentro, desde que la República nos enseñara que en esa casa había prietistas y larguistas; luego guerristas y felipistas; ahora zapateristas, madinistas, sanchistas, bonistas, chaconistas, susanistas y algunos otros -istas por venir a la finalización de este post.

Podemos se debate entre anticapitalistas, activistas, pactistas  y arribistas rebotados de mil batallas; entre teóricos de la revolución permanente -que leen a Perry Anderson, Slavoj Zizek,  Laclau y los marxistas ingleses de la LSE de posguerra-  y pragmáticos que contemplan la orilla de ríos azotados por un caudal furioso de aguas turbias, pensando en puentes que puedan unir dos orillas antagónicas en las que cada bando ha ido vertiendo (servidor el primero) toneladas de palabras al servicio de la confrontación ideológica.

Los nacionalistas, tercera pata de un consenso futurible para el gobierno de Pedro Sánchez, se debaten entre la rentabilidad del conflicto o la participación de un consenso postrero, bendecido con la abstención, para permitir un gobierno de izquierdas que debería poner el mascarón de proa hacia la reforma constitucional, con un rumbo inequívoco por primera vez en cuarenta años.

Sobre todos los actores llamados a articular ese pacto de izquierdas, única salida verdaderamente posible al atolladero post-electoral que no conduce a la autodestrucción inmediata de cada parte, gravita el peso del tremendismo como táctica política en la España que reniega de los matices y se abraza al destino trágico de su condición maldita.

Un gobierno de Pedro Sánchez sería posible si el Podemos de Errejón triunfa sobre el de Monedero. Aparcando el tremendismo como táctica, renunciando por un momento a la épica heroica de las masas que se dejan atrapar por el impacto de la imagen, la medida, el atuendo, el gesto.

En España apasiona y asombra la ovación que el tendido tributa al torero cuando este se desprende de la muleta y se agarra al entrecejo del morlaco o acaricia el pitón desnudo de una bestia de 600 kilos. Primer mandamiento del torero tremendista. Pero sucede que hay vida más allá de la plaza. Que fuera de la misma, habita un país entero, al que puede que no le gusten los toros o que vea, en la gestualidad del abuso de la forma, una excusa para no hablar del fondo.

Quitarle trance y angustia al momento que se vive en España sería una buena terapia para todas las partes. Me pasa que últimamente, cuando repaso la actualidad cambiante de las  formaciones llamadas a ese gran acuerdo, mi cerebro activa como un automatismo la sintonía de cabecera de Juego de Tronos. Y confundo a Iglesias y Sánchez con Lannisters, Starks, Targaryens y demás fauna de la serie. Y no es bueno invocar, aunque sea mentalmente, una serie en la que cada 12 minutos hay una decapitación como paradigma político de un país.

Aquí no se trata de reeditar el Frente Popular, pese a que en el imaginario de algún nostálgico, especialmente de la izquierda de mi partido, se le ericen los vellos de la piel pensando en esa fórmula de fraternal encuentro de las fuerzas progresistas y republicanas. Tampoco debería temer la derecha de este país un contubernio rojo que desembocar a la fuerza en nacionalizaciones masivas, incautaciones, o quema de conventos.

Facilitar la investidura de Pedro Sánchez no implica co-gobernar el país con Podemos. Y que nadie se lleve a engaño. Por supuesto que la intención de Podemos es destruir al PSOE para ocupar su lugar como actor de referencia de la izquierda española. Y viceversa, mis queridos románticos frentepopulistas.

La agenda del pacto, del encuentro entre  fuerzas progresistas, es la de un gobierno al servicio de la reforma constitucional. Un gobierno que se sepa limitado en el tiempo,  en su fuerza parlamentaria y hasta en hacer realidad todo lo que tantos actores prometieron para convertir España en una Arcadia feliz, mayormente porque puede que no haya dinero para ello. Que asuma como normal la inestabilidad parlamentaria, porque así se estimulará la búsqueda de consensos que el país ha encerrado en frascos de formol desde 1978. Consensos que no se limiten a las fuerzas progresistas, sino que busquen por todos los medios, la inclusión del centro y la derecha. Sin aberrantes cordones sanitarios, tan reaccionarios sea quien sea quien los aplique y contra quien los aplique.

Porque sin ellos, sin la otra España, que vota al PP o Ciudadanos, no hay España posible, aunque a muchos estetas de la revolución no les guste esa España.

Un gobierno que se deje los cuernos, literalmente, en la construcción de un nuevo consenso que integre a generaciones y territorios. Que intente imbricar lo urbano y lo rural, ahora que ambos mundos parecen vivir y votar a espaldas el uno del otro. Un gobierno, en definitiva, que asuma el cargo con la humildad de quien se considera inquilino y no propietario de un poder que tenemos que (re) aprender a parcelar, ahora que nos habíamos acostumbrado a su ejercicio sin límites.

Y es que, sin embargo, Podemos hacerlo posible. Inequivocamente, con un gobierno de izquierdas presidido por Pedro Sánchez, facilitado por Podemos, y abierto al entendimiento por encima de todas las cosas y con todos los actores.

Lo otro, la opción tremendista, ya sabemos como termina. Con el aplauso fácil del tendido y la pereza en la búsqueda del talento.

 

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